Diferencias entre el hombre y la mujer en el amor según Lacan

What if she’s brilliant, Maia?
What if she’s as smart as me?
What if he’s chosen her so well
I could have loved her myself?
I fold, Hello Saferide.

Para Lacan, la mujer está en ventaja en un punto con respecto al hombre: la mujer, por su constitución, acepta la falta como una parte inherente de su ser. La primera explicación de este fenómeno es biologicista: la diferenciación sexual se aprehende, en un primer momento, a partir del binomio falo-castración: es decir, a partir del tener o no tener (pene). La vagina no adquirirá un significante propio sino hasta mucho tiempo después, al principio, se presentará sólo como un no-haber.
La segunda explicación está vinculada al concepto de lo femenino: La Mujer, dice Lacan, no existe. O sea, no está predeterminado qué es ser una mujer, pues la gama de posibilidades abarca tanto a la madre, como a la puta y hasta a la femme fatal. En esa medida, las mujeres nunca logran conquistar su feminidad, porque por más que intentan acceder al concepto de lo femenino, éste se les escabulle siempre, porque no existe per se. Por eso es muy común que entre las mujeres haya una comparación obsesiva y una rivalidad a muerte, porque creemos que es «la otra» la que nos dará pistas sobre nosotras mismas (¿es más guapa?, ¿qué le vió?, ¿será mejor en la cama?). También por eso las cirugías estéticas son una práctica primordialmente femenina, como si con incrementar el tamaño de nuestros senos, por ejemplo, garantizáramos ser lo que ya somos: mujeres (salvo porque no lo somos).
Cualquiera podría decir que algo similar ocurre entre los hombres, cualquier antifeminista podría alzar la voz en este momento y gritar, “¡no todos los hombres somos iguales!, ¡nosotros tampoco tenemos un referente universal!” Concuerdo parcialmente: la identidad se conquista independientemente del género al que pertenezcas, eso es cierto. Pero culturalmente encontramos pistas que sugieren que Lacan no estaba del todo equivocado, como por ejemplo: los superhéroes. Todos los hombres gozan las películas de superhéroes y consideran deseables sus atributos fálicos de seres invencibles, fuertes, seductores. ¿Pero cómo sería una supermujer? Ha habido ya supermujeres en el mundo de los cómics, pero ninguna ha tenido un éxito real, porque las mujeres no se identifican con ellas, no aspiran a ser fuertes e invencibles, sino a otra cosa. ¿A qué?, ¡quién sabe! Depende del caso.
Con esto en la mesa, la forma de proceder de una mujer en sus relaciones es muy distinta a la del hombre. Porque los hombres también tienen esa falta (naturalmente), pero no quieren saber de ella. Las mujeres, en cambio, necesitan saber de ella e incluso la libidinizan y la gozan. Por eso las histéricas son quejumbrosas, porque habitan su falta, la hacen un dispositivo de poder; requieren presumir cuán frágiles son, cuán necesitadas, cuán maltratadas. Y también por eso el género femenino es parlanchín por antonomasia, pues intenta contornear con palabrería todo lo que no está contorneado. Por lo mismo, la mujer quiere que el hombre hable, pero él, lo que quiere es silencio: “¿pues qué quieres que te diga?”.
El problema es que al hablar uno se barra; o sea, tiene que aceptar su propia castración, tiene que asumir la parcialidad del habla, aquello que no alcanza a poseerse. Y además la mujer no sólo le pide que hable, sino le pide que la ame, o sea, que abandone su posición de amo, que acepte su falta. En ese sentido, para el hombre amar representa una herida narcisista mucho más grande que para la mujer y por eso se dice que el obsesivo odia a la mujer en la medida en la que la ama, porque ella le recuerda su inconsistencia. No obstante, paradójicamente para Lacan es la histérica la que, al hacer al hombre moverse de su lugar de amo, lo hace devenir hombre. La mujer tiene el poder de saberse sin poder, de saber tolerar mejor la caída y en ese sentido, de persistir; de ponerse a la altura de su deseo, aunque se le escurra.

Por último, termino con un par de preguntas que le hacen a Miller, yerno de Lacan.

“H W : “Estar completo solo”: sólo un hombre puede creer eso…
J-A Miller: ¡Bien dicho! Amar, decía Lacan es dar lo que no se tiene. Lo que quiere decir: amar, es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos; es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo. Para eso, hay que asumir la falta, la “castración”, como decía Freud. Y esto, es esencialmente femenino. Sólo se ama verdaderamente a partir de una posición femenina. Amar feminiza. Por eso, el amor es siempre un poco cómico en un hombre. Pero si se deja intimidar por el ridículo, es que en realidad, no está muy seguro de su virilidad.

H W : ¿Sería más difícil amar para los hombres?
J-A Miller: ¡Oh sí! Incluso un hombre enamorado tiene retornos de orgullo, lo asalta la agresividad contra el objeto de su amor, porque este amor lo pone en una posición de incompletud, de dependencia. Por ello puede desear a mujeres que no ama, para reencontrar la posición viril que él pone en suspenso cuando ama. Freud llama a este principio la “degradación de la vida amorosa” en el hombre: la escisión del amor y del deseo.

Y ya. Qué oso que me haya salido lo feminista. Pero es que las pobres histéricas siempre pagan los platos rotos. Y pues no.

Judith y Holofernes, de Caravaggio. ¡Ay, el amor!

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La noche, ese gran corte

O amor… Esse tempo indeterminado,
que busca pausas e vive em contrapontos!
Karla Fioravante.

As the day comes to an end, the twilight
dissolves the surfaces, absorbing their colors,
leaving their reflections suspended in space.
(…) Things lose their separateness.
The Imperative, Alphonso Linguis.

I.
Hay días en los que me atormenta que llegue la noche y la pospongo por todos los medios posibles. Si estoy de copas con amigos, les sugiero que vayamos a otro bar, les ofrezco llevarlos después a su casa, los invito a la mía. Si estoy con un hombre me recuesto en su pecho, lo envuelvo con besos e historias, lo empapo de piel, lo distraigo fraudulentamente de su partida. Y si estoy sola, entonces me pongo a ver una película, ojerosa y persistente, o incluso una serie de televisión completa, capítulo tras capítulo. Todo con tal de no dar por acabado mi día, de no enfrentar la derrota silenciosa que supone meterme a las cobijas y, con los ojos cerrados, abrirle paso al día siguiente.
Eso me pasaba sobre todo en Madrid, ciudad nocturna. No había día en el que conciliara el sueño antes de las tres de la mañana y desarrollé un masoquismo peculiar que consistía en mantenerme despierta aun en contra de mi cansancio y aun sin tener nada qué hacer. En parte, era mi forma de estar cerca de México, al que le llevaba siete horas de ventaja. En parte, era que ceder ante la noche, era ceder ante el silencio y ante el vacío; era asumir la soledad. Y me resistía.

II.
Este año comencé a leer Corazón tan blanco. En él, Javier Marías reflexiona sobre el matrimonio, sobre las dudas inherentes a él y los cambios mínimos en la forma de convivir de las parejas, cambios que se gestan silenciosamente tras la constancia.
Y sobre todo, la noche, ese gran corte. La diferencia sustancial entre los novios y los esposos es que los esposos no se separan por la noche, su convivencia es continua. Los novios, por el contrario, tienen que despedirse sin remedio y quedar para después. Esa separación, ese corte obligado (un corte incómodo, impráctico y a veces hasta un poco doloroso), los fuerza a seguirse decidiendo en los pequeños gestos, por más anodinos que éstos sean: al día siguiente habrán de quedar para ir al cine, llamarse por teléfono (ir a comprar crédito, esperar a que sea la hora en que el otro se despierta), hacer un espacio para contarse una preocupación o un sueño, o atravesar la ciudad entera en viernes de quincena sólo porque llevan toda la semana sin verse. Incluso para dormir juntos tendrán que ponerse de acuerdo previamente, recordar llevar una muda extra de ropa o los libros para la clase del día siguiente, mentirles a sus padres (si viene al caso) o incluso reservar una habitación de hotel (si no hay dónde).
En ese tenor, lo que pierden los esposos es la posibilidad de hacer un corte. La experiencia del ser amado empieza entonces a volverse poco a poco una sola experiencia en vez de muchas distribuidas a lo largo del tiempo en conversaciones, divertimentos y encuentros sexuales. La noche llega sin irrupción para los casados —que es como decir que nunca llega—, porque no hay una verdadera separación ni una necesidad de despedida. Tanto que es común que, ya metidos en la cama, dejen más de una conversación a medias: no sienten la necesidad de concluir, tienen toda la vida por delante.
Privados de cortes, tampoco se desnudan ya el uno al otro. Desnudar a alguien es participar activamente de su metamorfosis, es despojarlo de un estado de cosas, es atraerlo a un mundo privado y transgresor, fuera del mundo en el que la gente se viste y se comporta. En los matrimonios, la desnudez ya está incoporada a su rutina y forma parte del mundo de las reglas; por lo que es habitual que presencien, entre bostezos, como el otro se despoja de su propia ropa para ponerse la pijama.
En ese contexto, el mundo de adentro y de afuera se mezclan con frecuencia, lo mismo que la noche con el día. El matrimonio se vuelve entonces la totalidad, el abismo sin aristas. Llegados a ese punto, es frecuente que llegue el hastío, los silencios, la distancia. Claro, porque en un exceso de intimidad, deja de haber un lugar específico para ella; porque testigos del discurso de sus vidas, ya no acceden a su metadiscurso.
Por eso, si estuviera en mis manos y tuviera el dinero (porque influyen factores económicos) tendría un novio para siempre; o sea, un esposo con casa propia. Tendría sus dificultades, claro está (si tenemos sesenta años y ya no cogemos, ¿ya nunca dormiremos juntos?, y si traemos avidez de cercanía, ¿qué tanto es tantito?), pero al menos nos obligaría a seguir tomando postura, a seguir quedando para tomar un café o para ver la televisión juntos los domingos.

III.
En Madrid tuve una profesora que decía que suscribir la filosofía de Hume no sólo era subversivo, sino que era prácticamente imposible. Para quien no esté familiarizado, Hume cuestiona las leyes de la causalidad y sostiene que lo único que tenemos realmente es la costumbre; es decir, que no hay una conexión necesaria (corroborable) entre causa y efecto (recordemos que Hume es un empirista), y que si la hemos dado por buena, es sólo porque nos hemos acostumbrado a que las cosas suceden de cierta manera y en cierto orden, pero —dice Hume— no hay garantía real de ello.
Bajo esa lupa, del hecho de que ayer o antier haya amanecido, no se puede inferir que vaya a amanecer mañana. Por eso, decía mi profesora queridísima (Amaya Ortiz de Zarate, ya previamente citada en el texto De la angustia al hastío), nadie puede ser realmente humeano, porque si lo fuera, ¿cómo podría conciliar el sueño cada noche?
La noche es un gran corte y lo único que nos hace poder encararla es la confianza de que después, vendrá el día de nuevo. Por eso los niños, decía Amaya, le tienen tanto miedo a la noche, porque precisamente están enfrentando por primera vez su miedo al corte (a la castración) y ese miedo se proyecta en todo: en la angustia que sienten cuando se separan de su madre por primera vez, y claro, en el miedo a la oscuridad; esa suspensión abrupta de la continuidad que representa el día, ese gran monstruo que devora la conciencia. Requerimos del relato que promete continuidad, aunque sea ficticio.

IV.
Los cortes siempre son agresivos y quisiéramos poder prescindir de ellos y eliminar toda discontinuidad (como con la depilación, tema tratado en este otro post), pero al mismo tiempo, los cortes nos protegen, nos permiten dosificar nuestra experiencia con lo real. Al final, hagamos lo que hagamos, somos seres discontinuos, y hemos de vivir con eso. Y cuando se trata del amor, ese torbellino amorfo, la conciencia de la discontinuidad es lo único que puede garantizar la continuidad, porque sólo si logramos pronunciar el corte podemos respetar la otredad, siempre inaccesible: entre el otro y yo, hay un hueco, una pausa, un texto que necesita de traducción. Culturalmente tendemos a hacer lo contrario: queremos devorar al otro, borrar los espacios entre los dos, acceder a sus pensamientos y renunciar a la soledad; darle la espalda a la noche. Pero el «dissapointment» (des-encuentro) será siempre inevitable, así como innegable la soledad.
Mientras pienso esto, me asomo a la ventana y descubro que ya ha llegado la noche. Me gusta el color del cielo cuando oscurece. No es negro, es un azul ligeramente purpúreo y quizá, hasta un poco ocre. Mientras pienso esto, fantaseo con lo agradable que sería dormir esta noche acompañada. Pero no será así. ¿Y saben qué? Está bien. En vez de eso, escribo para defender la soledad y tengo la sensación de que esta autocontención es algo risueña, como si esta reflexión hubiera menguado ligeramente mi miedo a la muerte. No hace falta más que dejar pasar al tiempo, sin resistirse a la oscuridad. Al final, como diría Linguis, the darkness which softly wipes away the urgencies and the destinations and the hard edges of reality is felt in an enjoyment that conforms to its depths without resistance.

El fracaso y el amor

O sobre mis hombres tristes y un montón de intimidades que no vienen al caso.

I was stronger/ I was better
Picked you out/ Now don’t say a word
No don’t yell out/ Never mind
Let you out/ Led you back
Stay on/ Sit down
Let it fall/ Let it fall.

How I made my millions, Radiohead.

Se pueden cuestionar muchas cosas sobre el psicoanálisis, pero cuando se trata de elección de objeto, yo no puedo sino pensar en el inconsciente. ¿Por qué elegimos a quien elegimos?, ¿bajo qué arbitrariedad los preferimos flacos o gordos, altos o chaparros?, ¿y por qué esa atracción fatal a cierto tipo de persona que no necesariamente es la más guapa o la más conveniente?
Yo, por ejemplo, siento una atracción imposible por los hombres tristes. Tal vez tristes no sea la palabra, tal vez sombríos o complicados, insatisfechos o envueltos por una desesperanza cínica y casi alegre. Si quisiera defenderme, abogaría por su inteligencia: no es falso el dato que dice que la densidad existencial es directamente proporcional al cociente intelectual. O podría encontrar explicación por vía de la empatía: yo también cargo con mi propia sombra y eso hace que vea a esos hombres como mis iguales, que me identifique con ellos, que tienda a crear lazos con mayor facilidad. Pero no se trata de defenderme; lo cierto es que a veces me gustaría enamorarme de un hombre entusiasta, emprendedor y por qué no, optimista. No lo elijo. Y es en ese punto en el que recuerdo al psicoanálisis.
Mi padre es uno de esos hombres tristes. Y como padre, es un padre que lo que tiene de alentador lo tiene de insaciable. Además, tiene una característica que dice @ixcolai que es un distintivo de los hombres (yo no estoy tan segura, tendría que pensarlo más): todos sus males los proyecta para afuera. No es su propio abismo interior el que lo hace un inconforme, no; es su familia y su trabajo, su mamá enferma, su hermana loca y su país infantiloide. Cuando yo era niña, caí en la ingenuidad de que podía hacer una diferencia y busqué complacerlo a toda costa, o sea, intenté cumplir todas sus demandas, para al menos poder darle un gustito. Por supuesto que fracasé todas y cada una de las veces, porque si sacaba un nueve entre mis tantos dieces, él se fijaba en el nueve; si le hacía un regalo con mis manitas de niña zurda, él resaltaba sus defectos en tono de “retroalimentación”; si lo abrazaba era porque “seguro quería algo” y si participaba del esgrima intelectual que él tanto gozaba, aprovechaba la ocasión para sugerirme humildad.
Tal vez sólo una vez sentí que hice algo por él: el día que lo secuestraron fui yo —que por entonces tenía seis años— quien contestó el teléfono cuando llamó. Tenía la voz triste, estaba madreado y yo podía sentir su dolor, su cansancio, su sentimiento de derrota. A mí no me dejaban contestar el teléfono porque estaban esperando noticias suyas, pero yo me adelanté y en el breve diálogo que tuvimos antes de que me arrebataran la bocina, sentí que yo le extendía una soga y él me extendía una a mí: iba a estar bien, volvería a casa; ya lo habían dejado libre los secuestradores y yo (en mi pensamiento mágico infantil) lo había salvado. Habría que pensar si ese no fue el inicio de todo.
El caso es que cuando estuve en el diván tuve que encarar el dolor que suponía para mí aceptar que, hiciera lo que hiciera, nunca iba a ser suficiente: él siempre iba a ser ese insatisfecho y triste, atropellado por las circunstancias, y no estaba en mis manos ayudarlo. Lo superé —en teoría—, lo mandé al diablo y ahora me preocupa mucho menos lo que diga o piense. Pero, en consecuencia, parece que repito esa guerra con cada hombre del que me enamoro: sólo quiero que sean felices, lo deseo desde el fondo de mí y me dan ganas de romper el puto mundo para sanarles el alma. Me dan ganas de besarles los ojos, de decirles que todo va a estar bien, de hacerlos cómplices de mi vitalidad y volverme cómplice de la suya. Sobra decir que siempre fracaso y cuando eso ocurre, me avergüenzo de mi vanidad por creer que podía hacer una diferencia y me recrimino mi petulante intolerancia por haber pensado siquiera en cambiarles un pelo. Lo peor es que aun cuando eso pasa, mi deseo no cesa del todo: mi exnovio puede ser un imbécil (¡hola!) pero su amargura no me es indiferente; por el contrario, me sigue hiriendo pensar que es muy probable que de adulto se convierta en un neurótico insufrible.
Esa incapacidad para desistir en mi lucha, se convierte fácilmente en una adicción al fracaso: es precisamente el fracaso el impulso secreto de nuestra búsqueda de triunfo. El triunfo es irrelevante por sí mismo, el fracaso es lo que constituye toda experiencia. Por eso, cuando el triunfo importa, es porque se entretejió a partir de un montón de previos fracasos, de noches trémulas, de precipicios inconfesables. La desesperación es la otra cara del deseo, como bien trata Puella Magi Madoka Magica, un anime que vi recientemente.
Lo pienso en otros ámbitos: para mí no es mérito tener un éxito académico porque nunca he tenido fracasos de ese tipo; no lo siento como un esfuerzo, lo doy por sentado. Sólo cuando fracasamos es cuando nos enganchamos, a saber, con nuestra propia carencia, y entonces nos sumergimos a un ciclo en el que estamos dispuestos a fracasar mil veces.
La pregunta es por qué. No es burda egolatría (porque sino nos valdrían también los triunfos fáciles), es algo mucho más sutil. Todos los fracasos —me parece— son el mismo fracaso: el de no merecer ser amados. O sea, lo que nos atormenta realmente es no estar a la altura de una persona o de una comunidad que brinda un reconocimiento, nos atormenta no estar a la altura de nosotros mismos y por tanto, al sentir herido el amor propio, sentimos herido en igual medida el amor ajeno. ¿No es finalmente ese el mecanismo de la vergüenza? Caemos ante nuestros propios ojos pero sentimos que caemos ante los ojos del otro; o al revés, caemos ante los ojos del otro y en respuesta caemos ante los propios. (cfr. Comte-Sponville).
Al respecto, se me ocurren dos conclusiones contrarias (aunque no contradictorias): la primera es que hay que aceptar que el amor es gratuito, que quien nos quiera nos querrá rotos y descosidos, que no se trata de acumular éxitos sino sólo de vivir y con suerte, encontrar con quien compartir esa disponibilidad, nada más así, porque sí.  La segunda apela a un fracaso a priori. Tal vez nos caería bien un poco de cinismo, porque hagamos lo que hagamos, nunca bastará. Si nos ponemos estrictos, no merecemos el amor de nadie, y aunque lo merezcamos, merecer no es garantizar en absoluto. Pura e injusta arbitrariedad. Así las cosas.

Dejar que la muerte te aborde poco a poco

Ideas que se me quedaron en el tintero tras la apología del caos y la reflexión sobre Ojalá.

Si leen con cuidado la apología del caos, notarán que lo que hay detrás es el tema de la muerte. Si lo vivo se corrompe, se desordena y se ensucia es porque, en su condición de vivo, está expuesto al paso del tiempo y tiene como finalidad última morir. La pulcritud es sólo la manifestación del miedo a ese paso del tiempo, a ese vivir que es movimiento y es desgaste.
Sin embargo, dicho texto tiene un halo de esperanza, a saber: se puede domar la muerte si se acepta; más aún, puede surgir más vida de esa aceptación. Por eso las parejas que se quedan estáticas, dispuestas a no morir, están condenadas al fracaso; porque, de espaldas a la muerte, les pilla por sorpresa. El caos —visto así— es un baile con la muerte y por tanto con la vida, pues son dos caras de la misma moneda.

Yo siempre he pensado que envejecer «con dignidad» es envejecer con angustia; claro, porque es envejecer con cremas y tratamientos, es envejecer viéndose al espejo y frunciendo el ceño ante la aparición irresoluble de una nueva arruga o una nueva estría. Aun así, personalmente me declaro muy a favor del cuidado íntimo y de la coquetería; de envejecer despacito, sin prisa, e incluso más de una vez he manifestado mi deseo de ser una MILF en diez o en veinte años. La trampa está en que cuando imagino a esa MILF ella es sólo una imagen, como a una fotografía que está más allá del mundo y de la angustia, y la imagino además con el cuerpo escultural perfecto que yo no tengo (que nadie “normal” tiene). La pienso así porque pensar en ella es pensar en la atemporalidad, pura y sin grietas; como una muñeca de cristal, como las hojas de Silvio.
Por eso a ratos me urge tanto morirme, porque lo verdaderamente difícil es sostener lo otro: el temblor, la fragilidad, la caída continua. Lo verdaderamente difícil es asumir el cuerpo defectuoso, el fracaso romántico, el Ipod irreparable, la casa siempre sucia y el tetris con huecos. Lo que duele y lo que cuesta —en pocas palabras— es vivir; o sea, dejar que la muerte te aborde poco a poco.

Ojalá

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

Hay un rumor que dice que la canción de Ojalá, compuesta por Silvio Rodríguez, no es en realidad una canción de amor sino una canción escrita a Pinochet. La hipótesis presenta sus problemas, tales como que la canción fue escrita en 1969 mientras que el gobierno de Pinochet empezó en el ’73.
En cualquier caso, cuando yo supe de este dato apócrifo, me pareció que tenía todo el sentido del mundo, inexplicable pero contundentemente. Quizá porque lo supe algunos años después de que había decidido dedicarme esta canción.
Del hecho de que yo me la dedicara y de que, al mismo tiempo, me pareciera razonable que pudiera estar dedicada a un dictador, se infiere una sola cosa: yo me la dedicaba en tanto dictadora de mí misma.
Lo que subyace en la canción es un deseo de descentralización. Que no todo sea Pinochet, parece leerse entre líneas, que no todo sea yo misma (en mi caso), o que no todo sea el ser amado si de lo que se habla es de amor. Al respecto, encontré una entrada que escribí en mayo de 2007, a los 20 años de edad:

“De pronto todo pareció evidente, el verde de la carretera y la canción: Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal. Y yo era aquella que convertía en cristal las hojas, en una persistencia casi terca ocultada en la palabra «yo». Una historia, una continuidad artificial; rostros, gestos, memorias. Todo congelado, todo convertido en cristal. Ojalá que la tierra no te bese los pasos. Y no sólo los besaba, sino que, más aún, era reducida a ellos. Qué soledad puede haber más infinita que ésta. Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado. Pero el mismo camino cansado era todas mis paredes.”

Un mundo en el que la luna no puede salir sin ti es un mundo árido, y hasta la sonrisa más perfecta y la palabra más precisa son una condena cuando, detrás de ellas, no hay sino la espesura de una continuidad fatal y de un deber. El deber de seguir siendo, de seguir transformando el mundo, de seguir con la cabeza en alto y la mirada constante, no importa si es a costa de tu pueblo o de ti mismo. Por eso el canto es una plegaria que parece decir: «ojalá puedas dejar de ser». Ojalá.
Convertir todo en cristal es querer anquilosar al tiempo para guardárselo en el bolsillo, es jugar a darle solidez a lo evanescente, es momificar a los vivos y a los muertos, es nunca soltar. La buena memoria es un arma de doble filo, lo mismo que la persistencia del yo, como bien profesan los budistas. Por algo la historia del Rey Midas es una tragedia, porque lo vivo es vivo en tanto que puede (y necesita) morir. Es importante saber morir porque es importante advertirnos vivos. Si no, sólo nos quedará este viejo gobierno de difuntos y flores.

Vergüenza

Entrada del Diccionario filosófico de André Comte-Sponville.

Vergüenza No es un sentimiento de culpabilidad, porque se puede tener vergüenza sabiéndose inocente. Por ejemplo, cuando se sufre, bajo la mirada ajena, por sentirse ridículo o deplorable. Un paso en falso, una desgracia física, una mancha en la cara o un vestido pueden bastar. Y cuántas mujeres, después de haber sido violadas, expresan la vergüenza que sintieron, sin duda no porque se juzgasen culpables, sino porque se sintieron humilladas, despreciadas, envilecidas, aunque no hubieran tenido nunca responsabilidad y, en fin, de alguna manera dañadas en su honor o en su dignidad. El juicio cuenta aquí menos que la sensibilidad, la moral menos que el sufrimiento, la culpabilidad menos que el amor propio. No se puede, por tanto, aceptar completamente, al menos en francés, la definición que proponía Spinoza: «La vergüenza es una tristeza, acompañada por la idea de que alguna acción que imaginamos vituperada por los demás» (Ética, III, def. 31 de los afectos).
Que pueda suceder así, en tal o cual vergüenza particular, no autoriza a pensar que suceda lo mismo en todas. Se puede sentir vergüenza aun en caso de que no se haya actuado, aun en el caso de que ninguna reprobación sea factible, simplemente porque la imagen que da uno de sí, o que los demás tienen, no se corresponde con la que se querría ofrecer. Hay quienes pueden tener vergüenza de su cuerpo, de su miseria, de su incultura, a veces de sus padres, no porque se sientan responsables, sino porque se sienten disminuidos o humillados, bajo la mirada de los demás, de tener ese cuerpo, de encontrarse en ese estado o de pertenecer a esa familia…Descartes entendió que la vergüenza tiene que ver con el amor por uno mismo , y que esto, lejos de condenarla, podía tener, en ocasiones, su utilidad. (Las pasiones…, III, §§ 205 y 206). Sólo que se debe evitar quedar atrapados. Es un amor desdichado o herido, que es preciso curar.
Hay que observar que no se siente vergüenza ante los animales, ni en completa soledad (ya no sería vergüenza, sino remordimiento o arrepentimiento). La vergüenza es un sentimiento de uno hacia sí mismo, pero a través de la medición de uno o varios otros. La vergüenza, destaca Jean-Paul Sartre, es «una aprehensión unitaria de tres dimensiones». Tengo vergüenza cuando el sujeto que soy se siente objeto para otro sujeto: «Yo tengo vergüenza de mí mismo ante el otro» (L’être et le néant, pág. 350). Sólo se escapa a la vergüenza eludiendo las miradas, por la soledad, o al estatuto de objeto, por el amor o el respeto. Nietzsche, en tres aforismos, ha dicho quizá lo esencial:

¿A quien llamas malo? A quien siempre quiere avergonzar.
¿Qué es para ti lo más humano? Evitarle a uno la vergüenza.
¿Cuál es el sello de la libertad conquistada? No avergonzarse ya ante uno mismo (La gaya ciencia, III, 273-275).

Apología del caos

And, in the end, it simply isn’t worth
your while to try and clean your life away.
You can’t. For, everything you do or say
is there, forever. It leaves evidence.
Yes (2004), Sally Potter.

El ansia de orden es al mismo tiempo
ansia de muerte, porque la vida es una
permanente alteración del orden.
La despedida, Milan Kundera.


I.

Soy una mujer desordenada. No lo presumo. Resulta inconveniente cuando tengo que salir rápido y no encuentro las llaves, tengo el récord mundial de llamarme a mí misma para encontrar mi celular y no es raro que aparezcan mis lentes entre las sábanas o mi desodorante en el cajón de los calcetines. Cuando se me olvida mi libreta escribo en los tickets de compra y luego los ando buscando como desquiciada por todas partes, u olvido que usé ese billete de doscientos como separador de un libro y cuando llega la cuenta no tengo con qué pagar mi café.
Tengo la hipótesis de que mi desorden manifiesta mi renuencia a la adultez. Una subversión mediocre pero subversión al fin; como si a través de mis montañas de ropa sucia, de mi desprecio a los relojes y de mi pelo despeinado se pronunciara una resistencia francamente lastimera contra el orden del mundo, una ilusión desaliñada de libertad. Sé que tendré que abandonarla algún día.
No obstante, quien entra a mi cuarto no puede negar que es mío y que ahí vivo yo. Más allá de mis muebles o de mis cuadros, mi vestigio se revela en cada rincón de la habitación: encima de mi escritorio están las últimas cosas con las que he estado en contacto (mis recibos de honorarios, ese libro de Luhmann que usé para hablar del metro, una caja de antigripales porque he estado enferma, una mandarina, un esmalte para uñas…) y el orden de mis libreros es el orden desordenado de mis preferencias.
Esto me recuerda lo que siempre dice D: cuando entras a una casa demasiado ordenada da la sensación de que nadie vive ahí y de que es sólo una casa de muestra, como las que se les enseñan a las parejas cuando van a comprar una propiedad: sin una mota de polvo y con los estantes llenos de libros perfectamente ordenados que bien podrían ser de cartón y que congenian de una forma misteriosa con la sonrisa de la señorita de bienes raíces que les dice que es una magnífica oportunidad de compra.

II.
La madre de Ángel, mi antiguo coinquilino, era una obsesiva de la limpieza. Y con decir obsesiva me refiero a obsesiva, a una maniática controladora absoluta que llevaba las medidas higiénicas hasta sus últimas consecuencias. Antes de meter cualquier alimento al refrigerador tenía que desinfectarlo. Para este fin, guardaba distintos recipientes con lejía: uno para envases, otro para frutas y verduras, uno más para productos de otro género. Si alguien violaba esa regla, había que sacarlo todo y empezar la desinfección desde el principio.
Por las noches, escrutaba detinadamente su casa para asegurarse de que no hubiera ningún insecto. Las moscas eran de entre todas las más temidas y podía pasarse en vela hasta el amanecer si sabía que alguna rondaba por su habitación, pues la sola idea de que pudiera parársele en la cara mientras dormía le parecía insufrible. ¡Pensar en todos los lugares asquerosos en los pudo haber estado!
Dentro de sus tantas manías, tenía el hábito de echar en el lavabo un poco de cloro cada vez que se lavaba los dientes a fin de aniquilar las bacterias que habían salido de su boca. Un día, los vecinos de abajo se quejaron porque el techo tenía humedad. Tras una larga investigación por parte del casero, llegaron al meollo del problema: aparentemente, el abuso consuetudinario de cloro terminó por carcomer la tubería. Tuvieron que cambiarla por completo.
«Delgada es la línea entre la limpieza y la destrucción», pensé cuando me lo contaron. La relación entre estos dos conceptos no es gratuita: limpiar algo es despojarlo de todo lo que no le pertenece. En el caso de las labores del hogar, eso suele significar otras formas de vida (bacterias, hongos, microbios), por eso muchos productos de limpieza corroen la piel y causan la muerte si son ingeridos, porque la limpieza no hace distinciones, arrasa todo por igual.
André Comte-Sponville ejemplifica esta relación entre limpieza y muerte con el caso de Chernobyl: resulta que en esta zona se encuentra el lago más limpio del mundo. Era de esperarse, pues desde el accidente nuclear del 86 no hay vida ahí y por tanto, no hay nada que trastoque el entorno. La vida es la que, inquieta y expansiva, corrompe y ensucia; la que sobrepuebla, la que caga y la que al morir deja un cadáver en pudrición.

III.

Para los que hemos estado en un país del primer mundo [sic] en el que las cosas funcionan más o menos bien, regresar al caos de la ciudad de México es una sacudida: casi no hay pasos peatonales y tienes que aventarte a los coches para cruzar las avenidas, el metro se retrasa o se queda parado a la mitad, los comercios presumen letreros enormes con faltas de ortografía y en cada esquina hay algún pobre hombre pidiéndote dinero. Vivir en el Distrito Federal es un atentado constante contra el sentido común.
Sin embargo, no es infrecuente que en este desorden casi surreal uno también se sienta acogido. Y no lo digo porque sea mexicana, que lo soy, lo digo porque lo he visto en personas de todo tipo, en extranjeros que visitan y se enamoran de este lugar (se enamoran, se los juro, con todo y las banquetas rotas, las calles llenas y la crisis ambiental, se enamoran).
Pienso entonces en aquel dato más o menos popular sobre las tasas de suicidio: es en los países más desarrollados en donde más personas mueren por propia mano. Muchos dicen que es por el clima, que suele ser más frío en esas latitudes. Otros, que por idiosincrasia, como la cultura del honor tan arraigada entre los japoneses que los hace preferir la muerte sobre la ignominia. Yo digo que el problema es que todo funciona demasiado bien.
La funcionalidad es como una enfermedad silenciosa, como un monstruo que no se puede atacar porque no se ve. Cuántas parejas no habrán fracasado por funcionar demasiado bien; es decir, por no haber sabido cuándo gritarse, cuándo desesperarse o preocuparse, cuándo estar en desacuerdo.
La funcionalidad sofoca porque reduce el campo de acción: si todo parece marchar en orden, ¿a dónde moverse? El desasosiego es condición humana. Lo terrible de los espacios que prometen y simulan bastedad constante es que inmovilizan al individuo, vuelven impotente su inconformidad, de manera que cuando éste quiere arreglar algo, ya no sabe qué. El malestar se queda entonces sin referentes y empieza a devorarlo todo, descarriado.

IV.
Uno de los elementos más perversos del capitalismo es la producción en serie. Muriel Barbery trata el tema en La elegancia del erizo: en la cultura Occidental queremos que haya copias de todo porque queremos que todo sea reemplazable. Es nuestra manera de negar la muerte; apenas se rompe o se desgasta cualquier objeto, lo cambiamos por otro igual y fingimos que nada ha pasado. Pero ha pasado.
La producción en serie se respalda en nuestro deseo de familiaridad: queremos controlar los desenlaces para que no haya decepciones, queremos saber qué esperar. El precio a pagar, no obstante, es muy alto: entre más se reduce el margen de error en la estandarización, más artificial parece el resultado. Un desapego plástico (como dice L.) permea las estructuras de este bienestar a mayoreo y lo convierte en consigna, en queja, en impaciencia.
El mejor ejemplo son los Starbucks: la leche siempre a una temperatura específica, los granos de café tostados de cierta manera para que sepan siempre igual y el mismo trato amable de manual en cada sucursal. Dan ganas de romper algo ahí, de estrellar un vaso contra el suelo a ver si alguien despierta. No se puede, son de cartón.
Por eso es agradable ver cuando una mesera está de mal humor o se le riega el café a la hora de servírtelo, porque en esos pequeños gestos hay todavía algo humano, algo real.

V.

Un amigo me cuenta que su exnovia, con la que estuvo seis años, está por casarse. Aunque se alegra por ella, se encuentra de pronto —para sorpresa suya— viviendo un pequeño duelo por la puerta que se cierra para siempre. No es el único, al parecer a ella también le causa conflicto porque se dedica a recordar por horas los buenos momentos que compartieron y de tanto en tanto hasta se da el lujo de coquetearle con un tono lúdico como de quien no se entera.
Intento ponerme en su lugar. Yo nunca he dado semejante salto al abismo pero intuyo que ha de ser sumamente complicado: asumir que ese hombre que tienes enfrente va a ser tu última pareja sexual (en el mejor de los casos), que a partir de ese momento sus neurosis van a ser tu pan de cada día y que ya no tendrás las pláticas divertidas que tenías con X o los acostones maravillosos que tenías con Z. Te casas porque crees que es más lo que ganas que lo que pierdes, pero aún así pierdes algo. La renuncia es la condición de posibilidad de cualquier decisión.
Como tal, quizá el duelo de la chica que describo es, como el de todos, inevitable, y nada tiene que ver con el amor que siente por su futuro esposo. No obstante, las preguntas no pueden sino invadir la mente de mi amigo. ¿Y si ella no está convencida?, ¿qué pretende obtener de sus flirteos?
Lo observo con cariño mientras diserta. Es guapo, barbón y lleva alborotado el pelo chino. Tiene los ojos claros y siempre tristes, fuma sin pausas y todo lo que dice parece salirle del estómago. Al rato llegará a su casa, se embriagará con whisky y se pondrá a escribir al respecto entre cajas de libros que no ha desempacado porque —dice— él no tiene hogar y está de paso en todas partes. O tal vez no llegue a escribir, tal vez le pida que me invite y hagamos el amor desinteresadamente y sigamos conversando de ella. Y de él.
Pensar en su exnovia, en ese escenario, resulta inverosímil. Esa mujer taconuda, responsable y licenciada parece de pronto pertenecer a otro mundo, a un mundo de bodas, a un mundo de hogares cálidos sin cajas por desempacar. Natural que sea con su marido y no con Javier, mi amigo, con quien se casa. Seguro el prometido va al gimnasio por las mañanas, es administrador, tiene una pequeña propiedad y nada de miedo al compromiso. ¿Y no es acaso el tipo de hombre que toda mujer busca?
No seamos tan duros: si aquella vida sobria y bien construida seduce más que la vida desordenada al lado de un escritor que se reserva el derecho a cambiar de opinión en cualquier momento, es porque ésta última resulta agotadora y, a la larga, inviable. Pero cómo no sospechar de esa armonía preescrita, cómo no percibir el olor a derrota, a conformismo, a aburrimiento.
Me imagino entonces a esta mujer marchitándose poco a poco, eligiendo una vida funcional pero insulsa, una vida en donde no cabe la improvisación ni la novedad y en donde todo crecimiento personal es ilegítimo. Me la imagino viviendo una vida que se parece más a una muerte.

VI.
Todo desorden se justifica si tiende a salir de sí mismo, dice Cortázar. Es la única forma que tenemos de vivir. Lo demás es automatización, es homicidio. Disfrazamos de orden lo que en el fondo es miedo a la incertidumbre, miedo a no encontrar el mundo en su lugar al despertar, miedo a que la cotidianidad se nos salga de las manos. Pero lo mismo se nos sale.
No hace falta peinar las cosas de más; al contrario, hace falta alborotarlas, empaparlas de vitalidad y amarlas con todo el enredo y el caos que eso implica. Sólo así podemos hacerlas florecer y hacer de esta vida algo digno de ser vivido. Logrando eso, lo de menos es ponernos después a ordenar los cajones.

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