Hombres piedra

“Eros cabalga en la grupa de la muerte,
en la eterna noche del silencio”. García Ponce.

Pasa que en esta ciudad la gente se muere de repente. Sé que no parece sorpresivo pero lo es: están viviendo su vida normalmente y un día, de un momento a otro, se mueren. Lo hacen además de una forma muy particular: convirtiéndose en piedras.
Primero era —como todo— un mito, algo lejano. Algún anciano contaba la historia de un ancestro suyo que se había convertido en piedra y los niños lo escuchaban con los ojos bien abiertos, lo divulgaban entre sí a cuchicheos y lo representaban a la hora del recreo para más tarde olvidarlo con el paso del tiempo, y claro, de la vida.
Pero luego, algo cambió. No sé sabe muy bien qué fue (es el problema de que todo esté cambiando siempre) pero algo cambió y cuando menos nos dimos cuenta, ya era algo frecuente. Recuerdo el día en el que un vagabundo se convirtió en piedra en el metro. Así, sin más, el desconsiderado. Fue cobertura nacional. Salió en todos los noticieros y se entrevistó a los ancianos versados en el mito. Luego, un escritor famoso y algo decadente, conocido por su afición a las drogas, fue encontrado hecho un pedrusco en la cocina de su casa. Más tarde, una mujer de treinta años que vivía sola y que tenía fama de no haber faltado nunca al trabajo, faltó, y cuando la fueron a buscar encontraron su cuerpo pétreo al lado de la ventana.
Después de esos sucesos, el fenómeno se volvió innegable: la gente se estaba convirtiendo piedra. Peor aún: cualquiera podía convertirse en una en cualquier momento. Las causas: inciertas. Se habló de una epidemia. En los tianguis se empezaron a vender tés y ungüentos preventivos, los programas de radio dedicaron horas enteras a especular sobre sus porqués. ¿Ser piedra era la enfermedad o era el síntoma?, ¿la causa o el efecto? Fue la primera discusión. ¿Se traía en la sangre o se hacía algo para que aquello sucediese?
Tras muchos estudios, sólo quedaba una cosa clara: estos eventos no eran tan aleatorios ni tan inmediatos como aparentaban. Pronto se pudo rastrear cierta tendencia anímica en sus víctimas: aparentemente, estos seres malditos se volvían silenciosos y taciturnos semanas antes de su final fatal, deambulaban con la mirada extraviada, se volvían descuidados y sólo hasta después pasaba lo inevitable: de la nada, un día les daba por encorvar el cuerpo, se ponían en cunclillas con las manos en la cabeza y se endurecían de pronto. Durante los primeros minutos el cambio era imperceptible, parecían dormidos, pero luego tomaban ese tono grisáceo, esa rigidez insoportable, esa frialdad de mármol: se volvían piedras para siempre.
De la mano de esa información llegaron las medidas preventivas. Era natural en medio de la paranoia colectiva. Si volverse piedra era un símbolo de inmovilidad, entonces había que moverse a como diera lugar. Ir al cine a ver películas de suspenso, salir, correr e ir de prisa a todos lados, estar ocupado y salir de fiesta hasta las seis de la mañana; y vivir, sobre todo vivir, vivir con avidez de adolescente: buscar la multitud, ir a los conciertos, hacer bulla en las bibliotecas y en las iglesias.
En efecto, las muertes empezaron a disminuir con tales medidas. ¿Que si aumentaban la vida? Eso no lo sabemos. Los suicidios seguían teniendo lugar, pero no se podía decir tampoco que la estadística aumentara. También aumentaron las muertes por otras causas, pero nadie pareció reparar en ello: se volvieron comunes los accidentes, las sobredosis, los choques automovilísticos y las peleas callejeras que acababan en tipos navajeados en el suelo. Todo era cada vez más caótico, pero en compensación, ya casi nadie pensaba en los hombres piedra y en su amenaza latente.

Mas es de un caso específico del que quiero hablarles. El único hombre piedra que conocí. Claro que cuando lo conocí no era de piedra todavía. Se llamaba Pedro y ya entonces se reía de ello: “tengo la condena en el nombre”, decía. Pero todos sabíamos que era una broma, al final Pedro es un nombre muy común. Sólo son de esas coincidencias que te ponen a pensar; piezas que encajan, pues. Y uno se queja toda la vida de que no encajen pero cuando encajan parece que hay algo mal ahí, que eso no debería de ser así. La vida tan inverosímil.
El caso es que él se llamaba Pedro y era un buen hombre. Era de esos hombres que quieren darte siempre su mejor cara pero que intuyes que por dentro se los está llevando la chingada. No lo intuyes, lo sabes, porque al verlo sientes su angustia en el estómago. Y es que es así como se transmite el sufrimiento, de vientre en vientre. Eso lo aprendí cuando estaba de prácticas en un hospital psiquiátrico en Buenos Aires, al lado de esos psicóticos a quienes bastaba saludar para sentir cómo te vibraba el espíritu, reactivo a su dolor. Y eso mismo ocurría cuando uno conocía a Pedro.
Decían que se le había muerto su hija de seis años en los brazos. Alguna fiebre mortal. Él estaba con su familia en el pueblo y antes de que pudieran llegar a un hospital la niña se había muerto. Sintió cómo su cuerpecito aún caliente, empapado de sudor, se abandonaba en un único estertor. El brazo de la niña, delgado y frágil, colgaba ya sin vida. Pedro se limitó a cerrarle los ojos.
Desde ahí nunca volvió a ser el mismo. Un día me confesó tras unos mezcales que no quería seguir luchando, que estaba cansado. Miraba el vaso con la mirada perdida, parecía más envejecido que nunca. “Sólo quiero poder rendirme, descansar, ¿sabes?, dejar de buscar el sentido, porque no lo tiene, no lo tiene”, decía mientras se le quebraba la voz.
No pude refutarle nada. Tenía razón. Ahora lo pienso desde mi propio vacío y conjeturo con esperanza que quizá hay otras maneras de habitar el sinsentido. Fantaseo con nihilismos alegres, con vitalidades sobrias, con dolores de los que se puede ser sólo espectador. Pero mientras me encamino a conquistar esos atisbos de luz, no puedo sino darle la razón a Pedro y empatizar con su duelo, con su cansancio y su abandono.
Sospecho que esa noche terminó de dar el salto y se dejó poblar por la sombra que lo  acosaba, porque a partir de ese día, se fue apagando. Así, sin sorpresa para nadie, un día amaneció convertido en piedra. Recuerdo que me avisaron para que fuera a reconocerlo y que cuando lo vi, lo primero que pensé fue “esto es la vida”. Lo imaginé en sus últimos momentos, con el alma trémula y la imagen en la mente de su niña recostada en sus brazos. El temblor de la vida le había ocasionado la muerte.
Me han querido convencer de lo contrario pero yo sé la verdad, y la verdad es esta que les digo: los hombres piedra son los hombres más vivos, los hombres que alcanzan la cumbre de la vida; esa que tiembla, que angustia, que mata. Los otros, los que corren por las calles: puro simulacro.

Y cuentos como éste exigen ser firmados con apellido: M. Pedroza.

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Violencia

A mí también me duele.

Era horrible temblar así…

Fue quizá esa experiencia infantil que no merece ser narrada la que dio origen a la pregunta en mi cabeza: ¿cuál es el motor de la violencia?, ¿y hasta dónde?, ¿y qué hacer con ella? Estas interrogantes fueron adquiriendo forma con el paso de los años y el curtir de las heridas. Para cuando llegué a la preparatoria, mi aversión a la agresión se había cristalizado en una intransigencia torpe. Tenía miedo.
En esas condiciones, no es difícil explicar el por qué de mi inadaptación en el lugar. Los adolescentes son un manojo de hormonas y de impulsos agresivos, impulsos que canalizan a manera de burlas, de pequeñas exclusiones y de bromas en apariencia inocuas. Pero yo no sabía jugar el juego. Nunca supe. Ni siquiera pese a que crecí al lado de mi brillante e hijodeputa padre, mi bully personal a quien le debo gran parte de mi agilidad mental. Nunca pude hacerme a la idea de que mi hermano llegara madreado de su secundaria y fuera algo “normal” o de que para pedir un lápiz en mi escuela tuviera que aceptar primero la contundente negativa del otro como parte de una negociación absurda y de un gusto ridículo por la fricción.
Con esos antecedentes, no es de sorprender que la filosofía hegeliana me haya embelesado tanto en la universidad. En ella, la lucha a muerte era una condición de posibilidad para adquirir el reconocimiento; es decir, antes de la armonía tenía que haber sangre. Como yo veía sangre por todos lados, volverme hegeliana fue la manera de restaurar en mí la esperanza. Somos seres históricos, decía Hegel, y las heridas del Espíritu no dejan cicatriz. Hice mi tesis sobre las implicaciones éticas de estas afirmaciones.
Luego llegó el psicoanálisis, mi otro gran amor. De la mano de él aprendí que silenciar la violencia no era la respuesta. Precisamente ese es quizá el mayor error de Occidente: silencia los instintos y al hacerlo, cree que ya no tiene que hacerse cargo de ellos. Pero ahí están, empujando, abriéndose camino. Y si no los asumimos no hay manera en que podamos domeñarlos. En ese sentido, las bromas hirientes son sanas válvulas de escape y la manifestación de la ira (sea en forma de gritos o de pitidos de cláxon) es necesaria para recuperar la homeostasis y no acabar matando a alguien.
Sin embargo todo es irracionalmente frágil. Uno se mete en esos lodos teóricos en búsqueda de perdón y de sentido, pero al final del día la violencia nunca tiene sentido. Y es importante que no lo tenga, porque el primer paso es justificarla y el segundo es legitimarla. Pensar que en este momento están violando a un niño, matando a golpes a una mujer o llevando al suicidio a un adolescente y que nadie hace nada, pone la piel de gallina. Somos imbéciles. Somos unos cretinos con la autoconciencia de un pez.
Y eso por nombrar lo monstruoso y lo insoportable, pero también está lo sutil: Los padres que humillan impunemente a sus hijos, los jefes que abusan de sus empleados, los clientes que insultan a los meseros, los hombres que miran con lascivia y sin respeto a las mujeres en la calle, los topshows que se alimentan del sufrimiento ajeno. Es vergonzoso. Es hiriente. Y es indignante que pase desapercibido.
No tengo conclusión para este escrito. Lo escribo solamente porque de cuando en cuando presencio una escena o leo una noticia o escucho una canción que me quiebra y me despierta las ganas de llorar. Ahora saben lo que hay detrás: historia personal e indignación, mucha indignación.

Fuentes. (Lo que vi, leí o releí en el camino mientras escribía esta cosa).
Graffiti, Julio Cortázar.
Violentómetro, Juan Villoro.
Video de la película Bang Bang You’re dead:

El día del comodín

Desde hace muchos años, cada vez que es treinta de diciembre, cuento la misma historia: la de El misterio del solitario, novela juvenil de Jostein Gaarder, ese al que se le conoce sobre todo por El mundo de Sofía.
La historia no es importante y la leí hace tanto que ni la recuerdo bien. Lo importante es que en esa novela hay, por un lado, un coleccionador de jokers (comodines) y por el otro, una isla imaginaria en donde una baraja cobra vida y empieza a vivir en comunidad.
La isla tiene un sistema político y social muy organizado en el que destaca su calendario: sus años duran lo mismo que los nuestros pero en los suyos cada semana está dedicada a una carta distinta. Dado que las semanas son de 7 días y las cartas son 52, este almanaque cubre 364 días. ¿Y el 365? Ése es el día del comodín. En este día se hace una gran fiesta en el que el joker, ese personaje marginado y excéntrico, hace predicciones sobre el año venidero.
El comodín es el único de toda la baraja que es consciente de sí mismo, lo que en su caso implica saber que no existe en realidad. Ni él, ni la isla, ni nada. En otras palabras, el comodín es el único dotado de metarreflexión, de autoconciencia. Por eso es el loco, el poseedor de la verdad incómoda, el que enuncia el absurdo. Su genialidad amenaza constantemente con destruir la ficción, cosa peligrosa si tu mundo entero está erigido sobre una. Así es como en el libro, el joker ocasiona la hecatombe de la isla.
Sin embargo, asumidos todos los riesgos, el día del comodín es un día extraordinario. Es un día libre, un día inventor de sí mismo y por tanto dueño del destino que le depara el siguiente año. Es un albur, es un ejercicio de la voluntad, es un respiro y un pretexto. El comodín es la única carta autopoiética. Es un personaje irreverente porque se sabe con margen de maniobra, y lo ocupa. Es una carta que se sabe reír de sí misma, que en su conocimiento de causa llega a ser fatalista, pero su fatalismo es ligero y da lugar para las acrobacias.
Desde entonces, regalo comodines a mis personas queridas. Yo creo que he regalado más de diez. Desde entonces, el 31 de diciembre es un día especial para mí: es el día del comodín. Pero hay un dato más en mi biografía particular: dado que cumplo el 29, en mi caso hay dos días entre el fin de un ciclo y el comienzo del otro. Por eso, desde hace años opté por festejar no uno sino dos días comodines: el 30 y el 31. Días de incertidumbre. Días que no caben en ningún sitio. Días que en general son como grandes domingos: aletargados, desorientados. Pero también días en los que es posible replantear tus condiciones de existencia, en lo que uno se puede (se debe) dar el lujo de soñar, aunque «soñar» sea de esas palabras que se dicen en voz bajita y cuando nadie te ve, como «amor» o como «fe».

Este es el  joker que llevo en mi cartera. Y sí, soy pésima fotógrafa.

Propósitos de Año Nuevo

Juguemos a los propósitos.

1. Seguir haciendo las cosas que he hecho bien en el último semestre, a saber: cuidar de mí, estar contenta, tener una forma de vida dinámica y receptiva y escribir mucho.

2. Pasar menos tiempo en Internet.

3. Invertir ese tiempo que ya no paso en Internet en leer.

4. Atenuar mi miedo a la muerte simbólica. En dos sentidos. Yo sé cuáles son.

5. Este no es un propósito porque no es algo que dependa exclusivamente de mí, es más bien un deseo, pero: conseguir una chamba chida que me permita salirme de casa y salirme de casa.

6. Ser un poco más ordenada. Este puede sonar a un propósito banal pero no lo es tanto: es un paso que me falta dar para la adultez y resistirme a él y andar perdiendo las llaves en la peluquería, olvidando comer y dejando la ropa sucia en el piso es casi que sintomático. Requiero un orden propio que funcione y se conjugue bien con el orden exterior.

“Escribir es defender la soledad”

O lo vivificante de las implosiones.

Implotar, y en el infinito de la interioridad,
vivir todos los mundos posibles.

Esta frase (“Escribir es defender la soledad”), como sabrá cualquiera que sea mínimamente observador, es la que abre mi blog. No es mía, es de María Zambrano. La frase entera dice:

“Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas. Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.”

No hay mucho más que decir al respecto. Escribir es una experiencia solitaria. También Tournier (uno de los autores más citados en este blog) tiene una reflexión lúcida al respecto que la niña @atomicdarinka subió a su Tumblr, el link está aquí, por si les interesa.
Yo elegí esta frase como descripción de este blog porque lo abrí precisamente cuando perdí a mi interlocutor privilegiado. Los que me leen con frecuencia ya se saben la historia: las cien cartas que se quedaron en 74, etcétera. Así, como le decía la otra vez a un amigo, “escribo para defender la soledad” en mi caso significa “escribo porque no tengo a quien contarle mi día por las noches”. Y sí: cada uno de estos ensayos podría ser equivalente a una simple conversación telefónica de libre asociación, confidencias y reflexiones despreocupadas. No me quejo del resultado: escribiendo me siento más productiva que si sólo hablara.
Pero hoy quiero resaltar una virtud específica de la escritura: la de la ficción. Escribir me hace feliz porque es como contarme chistes sola. Ja, puesto así suena fatal, pero es cierto. Lo veo en Twitter, por ejemplo: la gente no tiene que esperar a que se presente la situación ideal para sacar su punchline, porque simplemente la sueltan así, sin contexto o en un contexto inventado; minificción, que le llaman. En la escritura puedes darle un espacio a todas tus voces interiores: puedes enojarte sin enojarte, puedes tener diálogos elocuentes, encuentros amorosos y rupturas dramáticas, puedes exagerar rasgos, jugar roles. Es una forma segura de llevar tu deseo al acto, porque es un acto imaginario. Y solitario. Explotas pero para dentro; implotas. Y como la interioridad no tiene límites, hacerlo te da una extasiante sensación de poder.
Es lo más cerca que me he sentido de la autosuficiencia. Y es grandioso.

Deseo de caos

Estoy cansada de tener miedo, y la
contracara del miedo es el deseo.

Ya que se termine de terminar el mundo.
@Ictericia

I. La amenaza de la muerte no es un mito.
Si tuviera que elegir un comienzo, elegiría el día en que secuestraron a mi padre. Todas mis historias tienen cinco posibles comienzos y éste es uno de ellos. Yo tenía seis años y aunque no pasó nada demasiado grave, tuvo dos consecuencias fatalas en mi vida: Una, creo un miedo desorbitado en mi casa —miedo que yo naturalmente absorbí— y dos, me arrancó de forma traumática la sensación de seguridad y me instauró la idea de la muerte como una sombra detrás de los ojos. A partir de entonces, siempre supe dónde guardaban mis padres el testamento y a quién hablarle en caso de emergencia; a partir de entonces, si mi madre decía que llegaba a las seis y eran las seis y diez, yo ya la daba por muerta. Por las noches, tenía las pesadillas más terribles que siempre incluían la muerte de los míos o la propia; asaltantes que brincaban a mi ventana como ninjas, duelos terribles de a ver quien se sacrificaba por quien para sobrevivir.
Pero nada de eso era tan determinante como mis fantasías diurnas. Se me volvieron una muletilla de pensamiento: cada vez que me distraía, cada vez que estaba en un coche mirando por la ventana sin nada qué pensar o caminando en silencio, pensaba en eso. En qué haría si se muriera mi padre o mi madre, en cuál prefería, en los problemas más prácticos que tendría que resolver, en cómo ser autosuficiente a mis doce, en lo que implicaría la mudanza a León, que era la ciudad en la que probablemente acabaría en dicha emergencia. Con el tiempo, esos pensamientos los empecé a aplicar cada vez más a mí, al grado de tener como hobbie calcular mis probabilidades de muerte a cada lugar al que iba. Había goce en ello, por supuesto. Apenas a los once escribí mi primer carta de suicidio y era más berrinchito de puberta que otra cosa. Y por ejemplo, la historia de la urna, fue para mí altamente disfrutable. En cualquiera de los casos, todo eso (junto con la muerte de ciertas personas) me ha hecho sentir desde siempre, por ocio mental o por miedo, que todos vivimos al borde de la muerte.

II. Echa raíces y te arrancarán de tu tierra.
Otro comienzo común de mis historias es el de mi estancia en Puebla. Viví ahí de los nueve a los trece años y de ese periodo guardo muchos recuerdos gratos, pues fue ahí donde tuve algo similar a “una infancia feliz”. No obstante, yo afirmo que después de que ya había echado raíces allá, el regreso a México rompió algo en mí, a saber, mi capacidad para volver a echarlas. En Puebla pasé cuatro años con la amenaza constante por parte de mis padres de que “no era algo para siempre”, lo que me exigía un doble ejercicio: por una parte, disfrutar como si nada pasara (porque si no se vuelve imposible vivir) y por otra, concebir todo como un simulacro, mantener restringidos mis afectos. Fue un total fracaso. Cuando me dijeron que el simulacro había terminado y que volvíamos al DF, de nada sirvió toda ese ejercicio preventivo: mi mundo entero se vino abajo. La pasé fatal, hice todos los dramas del mundo, lloré como nunca. Dejé a mi primera mejor amiga, a mi primer novio, a mi casa de ensueño, a mi fraccionamiento y a mi escuela.
Recuerdo que en mi primera semana en el DF vacié las cajas con mis cosas y las puse todas sobre el suelo, me acomodé en una esquina de mi cuarto y llorando, me dediqué a escuchar una y otra vez La muñeca fea de Cri-Cri. A partir de ese momento, mi sentido de pertenencia no volvió a crecer del todo. Pasé mi secundaria en tres escuelas distintas, cada una peor que la anterior, en la última me quedé a estudiar la prepa en donde me hicieron la vida imposible.
Desde ahí, no he vuelto a pasar más de cuatro años en un lugar, escuela, relación, etc. Desde ahí, me persigue esa sensación de que todo está siempre a punto de acabarse, a punto de acabarse.

III. La tragedia seduce.
Hace unos años vi un monólogo que se llamaba “¡A vivir!”, una mafufada medio de auto ayuda o algo. Pero hubo algo de él que se me quedó grabado: El tipo decía que él medía su vida no con base en si era buena o mala, sino con base en si era interesante o no. Me sentí identificada. Eso viene vinculado con mi gusto por la literatura: no importa que el contenido de la historia sea “feo”, mientras haya algo qué contar. El problema es que para que la vida sea interesante y haya algo qué contar, los infortunios son también necesarios. En ese sentido, una parte de mí siempre ha deseado la destrucción porque las ruinas son un buen lugar desde el cual hablar. En consecuencia, tengo cierta predisposición a ser protagonista de tragedias, a ver a la bestia a punto de atacarme y quedarme ahí unos segundos más, nada más para ver qué pasa. “Que me pasen cosas horribles, pero que me pase algo”, parecería ser mi filosofía.

IV. Espacios en los que el dolor se legitima.
Una de las cosas que más me pueden desesperar de esta sociedad, es que no hay lugares en los que sea legítimo estar mal. Como dice Joaquín Sabina, ya los duelos no se atreven a dolernos demasiado. En seguida el dolor pasa a estar fuera de contexto. “Bueno sí, qué mal pedo que se te murió tu esposa y tus hijos, pero hay que seguir trabajando”, parecen decir tus jefes. “¿Sigues sufriendo por ese hombre? Pero si ya llevan más de tres meses de haber cortado”, te increpan tus amigas. Si te quedas demasiado tiempo rondando por tu herida, asumen automáticamente que ya te deschavetaste.
Es muy frustrante: estar mal y encima, sentir que no tienes el derecho para estarlo, que tu dolor no tiene la importancia, que es caprichoso. Puta madre, el dolor es simplemente dolor, no importa de donde venga. Su legitimidad está en sí mismo, nada más. Por eso, creo que una de las razones por las que tiendo a pensar en cosas trágicas es porque en el fondo estoy buscando un pretexto; un contexto en el que pueda sufrir con dignidad, en el que todos mis cataclismos tengan lugar y no tenga que andar por ahí justificándome. Aunque sea por un momento.

V. Te mato [en mi cabeza] para que tu muerte no me tome por sorpresa.
La prevención es un arma de doble filo. “Más vale prevenir que lamentar”, dice el dicho. “Hombre prevenido vale por dos”, reza otro. Sí, sí, todo eso suena muy bien. Pero cuando se trata de la muerte, no hay manera de prevenirla, salvo con miedo o en este caso, con fantasía. Mi obsesión infantil con la finitud de mis padres obedecía a ese intento inútil de previsión.
Cuando crecí, esto se traspoló al terreno del amor. Tuve que aprender por las malas lo que por otra parte es una obviedad: la gente se va. Recuerdo, por ejemplo, cuando se fue Ro. Se fue de repente, sin advertir. Un día estaba y al otro ya no. Su partida me tomó por sorpresa, no estaba preparada y me recriminé por no haberlo prevenido. En mi siguiente relación, mi mecanismo fue el contrario: apenas había un gruño, un mal día, una fricción cualquiera, y era para mí un hecho inapelable que eso había llegado a su fin. “Tranquila”, me decía el susodicho, “yo no me voy a ningún lado”. Y lo sostuvo, hasta que las pasiones le pudieron más.
Frente al sentimiento de pérdida o de perenne incertidumbre, la primera reacción natural es la de no querer volver a estar expuesto o volver a permitirse perder. Pero yo no sólo no puedo, sino que no quiero dejar de querer a las personas o de vincularme con ellas. Así que simplemente lo que hago es involucrarme pero, en compensación, matarlas en mi cabeza, creer que se van a ir cualquiera de estos días, que se puede caer el avión en el que viajan, que me van a dejar por otra, que cualquier cosa. Los mato todo el tiempo para que su muerte, simbólica o real, no me tome tan de sorpresa.

VI. El poder de la nada
Todo eso junto se traduce en mí en un enorme deseo de caos. A menudo tengo sed de sangre, ganas de aventarme al abismo, de que se cumplan mis fantasías más fatales, de que se mueran los míos, de que me mande a la verga ese chico, de que no me quede nada, nada, nada. Porque la nada te provee de una libertad que es embriagante. Y es una libertad que no sirve para absolutamente nada, que no incentiva la construcción, que no abre puertas. Pero aún así seduce, porque es bien sabido que el que nada tiene nada puede perder.
Por eso, cuando yo me imagino el fin del mundo, me imagino a un sobreviviente que, mientras camina por las calles vacías y ve todo en llamas, se siente inexplicablemente poderoso. Y sonríe.

Como verán, no es tanto deseo de caos como falta de confianza.

Cuidar al amor

“El amor, incluso vencido, vale más
que una victoria que careciera de amor.”
André Comte-Sponville; “Viernes Santo”.

I.
Mi padre dice que “salí buena pa’ la corbata”, que es una adaptación de la frase “salió bueno pa’ la enagua”. Lo dice con sorna, y cada vez que le digo que tomaré café con un amigo, me responde con la frase “popular entre la tropa era Adelita”. Aunque reconozco el tono humorístico y aparantemente inofensivo de estas frases, me molestan. Es lo difícil de convivir con mi padre: te atraviesa de un solo sablazo y luego espera, además, que le aplaudas la proeza. Y es que, sobra decirlo, decirme esas cosas es una forma sutil de llamarme puta. Pero no sólo eso, sino que además, al enfatizar en la cantidad lo que hace es desdibujar la especifidad; es decir, con sus burlas se asegura de que los hombres que pasan por mi vida carezcan de rostro. “Uno más”, es la mentira que se cuenta todas las noches cuando ve que le estoy dedicando un episodio de mi vida, con toda su afectividad, a alguien en específico.

II.
Mi primer gran amor lo tuve a los catorce, y fue fulminante. A los quince fue mi novio y de los dieciséis a los dieciocho fue mi amor imposible, mi amigo, mi amante, mi desgaste. Actuábamos como un par de idiotas, pero qué podíamos esperar de dos adolescentes calientes, intensos y extraviados: íbamos y veníamos, sufríamos, nos hacíamos promesas imposibles, nos encuérabamos, reñíamos, no podíamos alejarnos. Él, desde el momento en el que cortamos, no volvió a querer conmigo; no intencionadamente, al menos. Yo, en cambio, desde que corté con él me obsesioné con la idea de forjarme un camino de regreso a sus brazos. Sobra decir que nos acabamos haciendo mucho daño: cada vez que yo me quería ir él me detenía llorando y diciendo que no podía vivir sin mí, pero cuando estaba cerca yo le parecía prescindible y funcionaba únicamente como paño de lágrimas de sus desamores y un punching bag de sus cambios hormonales. Etcétera.
Nos dejamos de hablar unos años hasta que un viernes en la madrugada, sin planearlo, acabamos tomando chocolante caliente en un café en el centro. Él me pidió perdón, yo recuerdo que lloré un poco. Revaluamos los hechos: era inútil e innecesario identificarnos con esos pubertos. Yo debí de haberlo mandado a la mierda desde el principio; él, no tenía por qué haberme hecho las cosas que me hizo. Retomamos la amistad.
Con el tiempo lo pienso y no puedo dar crédito de mi estupidez, de mi falta de coraje y de mi trastocada percepción de la realidad: por entonces creía que “amar” a alguien era darle todo “a pesar de las circunstancias” y eso me hacía gozar de mi posición de víctima y hasta retroalimentarla inconscientemente.
No obstante, recuerdo también que en ese entonces, era para mí una verdad irrefutable que cuando querías a alguien no tenías por qué dejar de quererlo nunca, pasara lo que pasara. Ahora puedo cuestionar esa afirmación, llenarla de matices, ponerle cláusulas, pero lo cierto es que, tan claro me parecía entonces que aún ahora veo a este mi primer amor y no puedo sino desearle la felicidad más profunda, preocuparme por él, quererlo de la forma más dulce y hasta sentir una sobria calidez en el estómago cuando lo miro sonreír. Lo quiero y probablemente lo quiera toda mi vida.

III.
Este año fui testigo de una destrucción que aún hoy me aniquila. Yo a ese hombre lo quería y hoy por hoy, no sólo es un desconocido, es casi un enemigo. O más bien, yo soy una enemiga para él. Si nos encontráramos en la calle, seguro sería incómodo y violento. Todo el amor que pudo haber sentido por mí, se tornó en algo parecido al odio. Hoy leí una carta suya que había dejado escondida en un libro mío. Hablaba de que, pese a la separación, todo iba a estar bien, que me quería y que estaba orgulloso de mí. Leerla me reactivó emociones, me puso triste, hizo que me dieran ganas de hablar con él. Me pareció de pronto dolorosamente inconcebible pensar que el que me escribió la carta es el mismo que después actúo como actúo. Ese tipo de rompimientos son delitos en contra del amor mismo.

IV.
La verdad es que yo he crecido al lado de mis novios, con ellos he tenido las más dulces experiencias y los más formativos choques con la realidad. A Oscar —el chico de mi adolescencia— lo quise con aplomo y con certeza, a Ro —el altote— con embriaguez, a Fernando —éste último— con compromiso. Digo querer porque el verbo amar pertenece al campo de lo íntimo, pero nada más por eso. Y de repente tengo la sensación de que mi niña de los quince que creía que el amor como la materia no desaparecía sino que sólo se transformaba, no estaba tan equivocada después de todo. Porque mi padre no entiende nada. Porque Fernando no entiende nada. El amor es un don, un don que nos hace más grandes. Y ojalá que la nobleza me alcance para nunca nunca tener que pisotear ninguno.