El bonito narcisismo de dar.

Entre dar y recibir: recibir. Para dar hay que tener, ¿y a quién no le gusta tener? Para recibir, en cambio, hay que aceptar nuestra carencia. Recibir duele. Yo nunca he sido buena recibiendo, quizá porque (como a todos) me han partido el corazón y prefiero no esperar nada de nadie. Me cuesta confiar porque en mi cabeza todos están siempre a punto de irse y, cualquier cosa que me den, puede serme arrebatada en cualquier momento sin el menor reparo. Sucede: la gente se muere, se aburre, se muda, se enamora de alguien más. Por lo mismo, me cuesta bajar las defensas, pedir ayuda, perder conciencia en contextos que lo ameritan y hasta recibir piropos.
Sé que pronto llegará el día en el que deba de enfrentar ese temor y ser sorprendida. Tengo ganas. Quizá a la próxima que me eche un novio, estaría bonito. Pero mientras eso sucede, me mantengo con la distancia crítica de quien no se atreve a darse el lujo de perder. Y la voy llevando.
No obstante, este post no trata sobre la dificultad de recibir sino sobre la belleza de dar. Basándonos en la frase inicial, dar está íntimamente vinculado con el propio narcisismo, y el amor es lo contrario a eso. Es cierto. No obstante, me parece que dar, como recreación y como divertimento, es un narcisismo sublimado y digno de laudanza. Yo actualmente extraño más no tener a quien escribirle de fijo, que no tener quien me escriba. Echo en falta alguien con quien pueda darme el derecho sin culpas de regalarle boberías, de llevarle café al trabajo de sorpresa; alguien por quien aprender a hacer cocodrilos de origami porque es su animal favorito o tejerle una bufanda chueca y colorida. Me gusta ese proceso de querer activamente, de acordarme de alguien y comprarle un chocolate, de hacerle una carta en hebreo si es lo que estoy aprendiendo o regalarle un jarrón porque mi moda del mes es jugar con barro.
La relación más divertida que he tenido ha sido con un chico que gozaba de dar por el puro placer de sorprender. Cuando recibía un mensaje suyo, antes de abrirlo, era incapaz de adivinar qué decía, porque usaba todo tipo de fórmulas creativas. Podía llegar a su cuarto y encontrar una fortaleza hecha de sábanas, y si me quedaba dormida en su cama, ocurría que al abrir los ojos ya tenía en frente de mí una flor que había ido a comprar aprovechando mi sueño. Eso no la hacía una buena relación, no necesariamente. De hecho, ha sido también la relación más superficial que he tenido, pues toda esa parafernalia era en parte una estrategia para ocultar su herida. Pero imaginando que hubiese sido algo más, y aún quitándole el 70% de los fuegos artificiales, era una relación que invitaba a estar, y creo que eso ya es algo meritorio.
Todos deberíamos explotar el goce narcisista de dar. Es embriagante y productivo: dejarte llevar por las ganas de ser la mejor versión de ti mismo para que alguien más lo disfrute un rato, ceder ante el entusiasmo de compartir y compartirte, hacer un ejercicio de creación de adentro hacia afuera y dejar florecer una presunción sin intereses, aunque sea sólo por el mero gusto de robar sonrisas con la jactancia de quien ha ganado.

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Voces sordas

“Oh!” and “such is life,” she often said,
with one day leading to the next,
you get a little closer to your death,
which was fine with her, she never got upset
and with all the days she may have left,
she would never clean another mess
or fold his shirts or look her best.
She was free to waste away alone.
Waste of Paint. Bright Eyes.

Gabriel estaba cansado de creer. Había querido ser optimista, en verdad, lo había intentado: había leído todos los libros de autoayuda que se había encontrado a su paso, había ido a todo tipo de reuniones de apoyo y hasta había sonreído por pura disciplina, pero ya era suficiente. Estaba agotado de esos artificios estériles, de esa maldita esperanza labrada en la más profunda desesperanza y de la terquedad vital que lo arrastraba día con día. Al final, hiciera lo que que hiciera siempre era lo mismo: todas las mañanas se despertaba con la boca seca y una opresión insoportable en el pecho. Para cuando estaba preparando el café, ya le habían vuelto por completo las ganas de mandarlo todo a la mierda. ¡A la chingada!, se dijo un día, ¡por mí, que todo el mundo se vaya a la reputísima chingada!, yo incluido.
Y es que, siendo honestos, no había nada que lo detuviera. Desde el día en que se quedó inválido, toda su vida se había desmoronado: su esposa lo había dejado, había perdido su trabajo y lo único que le quedaba era una paupérrima pensión del gobierno y ese cuerpo inútil que aborrecía con toda su alma. A menudo se pensaba como un Gregorio Samsa, atrapado y boca arriba en ese cuerpo ajeno, putrefacto, al que le salían llagas y al que miraba pasivamente deformarse poco a poco. En menos de seis meses había subido más de quince kilos, su sudor era espeso y todavía se desplazaba con la torpeza de un novato: se agarraba de los muebles para impulsarse con la silla de ruedas, se caía a menudo y maldecía impotente mientras se arrastraba por la habitación.
Por las noches, miraba por la ventana y pensaba con deleite en lo agradable que sería estamparse contra el suelo desde su doceavo piso. Sería un golpe seco que lo dejaría desmembrado. Hasta la idea del dolor físico le parecía atractiva: el pavimento ríspido destruyéndole la piel, el reventar silencioso de sus órganos, y esos segundos de estertor en el que todo fuera espanto y confusión y cuerpo; cuerpo vivo y palpitante, bañado de sangre. Luego, vendría el descanso.
Estaba harto. Su familia lo llamaba todo el día para vigilarlo, consternada. Le ofrecían llevarle comida, hacerle compañía. Cuando descolgó la línea telefónica, comenzaron entonces las visitas sorpresa. Cuando arrancó el timbre en un ataque de rabia, la familia se reunió alarmada y entre todos determinaron que su situación era crítica y lo mandaron a un asilo. ¡A un asilo, con sus apenas 48 años!
El asilo no era exclusivamente de ancianos, eso era cierto, pero en cualquiera de los casos era una sede vívida de la decadencia, un depósito de restos cualquiera, un purgatorio de chivos expiatorios con paredes color melón.
Gabriel hubiese preferido que lo llevaran a un manicomio, ahí por lo menos habría podido pronunciar el absurdo a viva voz; encuerarse, autolacerarse, atacar al personal, ¡algo, con un demonio! Pero no, lo habían metido a un asilo con actividades recreativas en donde sonaba Mozart de fondo.
A menudo pensaba en Sofía, su exmujer. La extrañaba y se odiaba a sí mismo por eso. En sus noches de insomnio, se dedicaba a destruirla mentalmente con todo el sadismo del que era capaz: la imaginaba una y otra vez hundida en la peor miseria, retorciéndose desdichada y sola en un putrefacto rincón de la ciudad y si era posible, llorando.
Probablemente se equivocaba, probablemente ella ya era feliz con alguien más, con alguien apuesto, con el futuro padre de sus hijos, aquel que correría al lado de ellos cuando aprendieran a andar en bicicleta como Gabriel no hubiera podido. Pero es que no era justo, ¡no era justo! ¿Por qué aún soñaba con su dulce risa, con su voz somnolienta y dócil al despertar, con su hermosa melena despeinada? Se recriminaba por recordarla con esa ternura añeja cuando era ella quien lo había dejado, sin un peso y sin previo aviso. No era justo que la Sofía de pies descalzos y risa fácil fuera la misma que la que se marchó sin gesto alguno de piedad. La segunda tendría que ser espantosa y tendría que sufrir como él sufría. Pero no. Y es que, ¿no era su partida una señal inequívoca de que nunca lo había amado? Estuvo sólo mientras le fue cómodo. El amor tendría que estar más cerca de la paciencia que de la comodidad, pensaba con desconsuelo.
Un día, en el mismo asilo, conoció a Ofelia. Ella estaba ahí porque había perdido la memoria hacía unos años y aunque rebozaba de salud, no había podido reintegrarse a su vida cotidiana. De familia adinerada, había pasado de ser una viuda joven y responsable, todo una «señora de bien», a ser una loca irreverente, según recalcaban sus parientes. En realidad, su lucidez había permanecido intacta, pero era cierto que su amnesia había trastocado también sus prioridades: ahora gozaba de una leveded impúdica que avergonzaba a su familia. Por esta razón, su hijo mayor la había metido ahí para pronto olvidarse de ella. A Ofelia parecía no inmutarle. Era risueña y alegre, y su alegría no le dejaba espacio para preocupación alguna; era incapaz de problematizar algo y no había tragedia que pudiera acongojarle.
Su felicidad era, no obstante, sospechosa, al menos ante los ojos de Gabriel: a veces parecía que sólo intentaba silenciar al dolor con ruido. Su afán por hacer que todo fuera una maravilla, la hacían negada a la reflexión o a la parsimonia. Ofelia lo único que pedía era que la dejaran dejarse llevar por la embriaguez de su euforia, que la dejaran bailar, cantar, contarles chistes a los ancianos del lugar. Hablaba en voz muy alta y a menudo sonaba falsa. Se pintaba el pelo de colores brillantes, desesperaba a los empleados, les gastaba bromas a sus vecinos de cuarto. Estaba del todo abandonada al goce pueril pero constante de desvalorizarlo todo, de ser espontánea y caprichosa, de ganarse el epíteto de ‘loca’.
Ofelia se fijó en Gabriel de inmediato. Le pareció una víctima perfecta de su desbordado júbilo (aunque no fuera capaz de formularlo de esa manera) y se dispuso a envolverlo con su melodía absurda como se envuelve a una criatura.
La primera semana fracasó, y la segunda y la tercera. Pero Gabriel a veces, por las noches, echaba de menos el tacto cálido de Sofía, echaba de menos las risas compartidas y la charla matutina, así que, a costa de soledad y resignación, empezó a dejar que Ofelia lo quisiera. Para ella, fue un éxtasis: sentía la emoción hormigueándole en la panza y antes de dormir planeaba siempre nuevas formas de sorprender a Gabriel. Lo paseaba en su silla de ruedas por todo el asilo mientras corría como una niña, le enseñaba canciones y le contaba cuentos, intentaba inundarlo con su entusiasmo, sin considerar siquiera que el terrero era infértil desde el principio.
Gabriel primero intentó sentirse agradecido. Tal vez Ofelia no fuera Sofía, pero al menos ella lo quería con todo y su inmovilidad, ella no le pedía nada, ella sólo quería verlo feliz. Pero con el tiempo se empezó a dar cuenta que más que gratitud era rencor lo que sentía. ¿Por qué?, ¿por qué no lo dejaba en paz? ¿Por qué no le daba a su dolor la dignidad que le correspondía? Estaba cansado de ser tratado como un amargado, de ser forzado a disfrutar, como si tal cosa se eligiese. Ofelia era violenta e impositiva en sus modos estruendosos y su aparente alegría era una forma de escupirle a su sufrimiento.
Un día la confrontó. Dijo que ya no quería eso. La insultó. Ella sonrío, como si no importara. Le dijo que estaba bien, quiso cambiar de tema. Pero la verdad es que sí importaba. Siempre importa. Ofelia, en el fondo, estaba cansada también. Cansada de intentar todo sin resultados, de sostener la relación sin ayuda de Gabriel, de vivir dando piruetas a su alrededor para que él sólo le diera un guiño breve y pasara a lo siguiente y, en resumen, de ver una y otra vez sus esfuerzos tirados a la basura.
Ese día Ofelia se retiró en silencio a su cuarto, para sorpresa de todos. ¿Quién era él para cuestionarle su forma de vivir, si no dañaba a nadie?, pensaba. Decidió que era hora de salirse de ese mísero lugar.
Tras extorsionar a su hijo que gozaba de su herencia en vida, compró un boleto para la India y se marchó. Era el lugar más exótico que se le ocurrió, y por qué no decirlo, más lejano. Durante su vuelo, sintió un nudo en el pecho que no pudo entender y al que no pudo darle voz y se limitó a dejar caer un par de lágrimas. Pero a los pocos minutos la señora de al lado empezó a hacerle plática y Ofelia automáticamente le hizo segunda mientras se le iluminaba el rostro otra vez. Hablaron todo el camino, Ofelia le leyó la mano improvisadamente, le platico de su vida en el asilo y de lo bonito de los jardines, se descalzó con familiaridad y en menos de dos horas olvidó las penas de Gabriel y su propia tristeza.
Gabriel, por su parte, descansó. Y en ese descanso se dio cuenta que disfrutaba de la soledad y de la luz de mediodía. Poco a poco se fue serenando. Tomaba su café caliente en las mañanas, por las tardes veía películas viejas que le sacaban carcajadas, y fuera de eso, no necesitaba de mucho más. Había ganado la libertad de la insignificancia. Pronto dejó de importarle el futuro de Sofía, dejó de esperarla en la puerta y se volvió bueno haciendo crucigramas. Una vejez prematura, parecería, pero era más que eso, era un nihilismo asumido, una tristeza melódica, una paz mental.
Un día, recibió una postal de Ofelia. En ella, aparecía Ofelia montada sobre un elefante. Le contaba que había hecho nuevos amigos ahí y que quería quedarse. Gabriel sonrío de lado con una sonrisa tímida y colocó la postal en el espejo. “Bien por ti, querida”, murmuró.
Nunca pudo corroborar o negar la autenticidad de la felicidad de Ofelia. Se prohibió a sí mismo condenar ese intento tan legítimo de salir adelante y en alguna ocasión hasta extrañó esos besos que le dejaban la cara con marcas color carmín. Ofelia era vida, tintineante y ciega, que en su poco respeto arrastraba las piedras como un río.
Por su parte, Gabriel había logrado poner la muerte de su lado, y una vez conquistada, hasta podía anhelar la compañía de una muchacha joven y silenciosa, cuya única pretensión fuera ver pasar la vida. La encontraría.

Náufrago y la caja de FedEx

Cuando vi Náufrago (Cast Away) por primera vez hace muchos años, recuerdo haberme indignado profundamente por el hecho de que el protagonista dejara una caja sin abrir. ¡Ahí podía estar su salvación!, pensaba yo y estoy segura que muchos otros de los espectadores.
No obstante, cabe recordar que esa caja es la que “le salva la vida”, según lo expresa en una nota cuando, al final, logra entregar el paquete a su dueña. La pregunta es: ¿por qué? Me imagino que si me pusiera a googlear en este momento, me encontraría con muchas interpretaciones del hecho. No es mi interés. Seguramente la caja representa el vínculo con su vida en la civilización y con su viejo oficio que, junto con el recuerdo de su esposa representado por el reloj, lo impulsan a seguir adelante e insistir en su retorno.
Como sea, el énfasis lo quiero poner en otra parte: la caja, cuyo contenido ignora, queda cerrada y aún cerrada es útil. Es útil como símbolo y como idea, así como Wilson es efectivo como Otro. Uno pensaría que si uno está perdido en una isla o está en una situación radical cualquiera, lo que menos necesitaría son símbolos. Se equivoca.
Extrapolémoslo ahora a nuestra vida cotidiana: creo que un problema de la sociedad actual es que nos han enseñado que podemos abrir todas las cajas. No sólo eso, que debemos de abrirlas. Por curiosidad, por morbo o por consumismo, la razón es la de menos: abrimos todas las cajas que podemos. Como resultado, no sólo no encontramos la salvación que nos regrese a casa, sino que nos quedamos en el camino sin esperanza.
Yo quiero aprender a no actuar, a no ejecutar todos mis deseos, a vivir tranquila con que haya cosas que se queden en puntos suspensivos aquí y allá. En las personas, por ejemplo: estoy muy a favor de que haya amigos como amores castos, aunque la afinidad pudiera dar para quitarles lo casto. Pero también en cosas más generales: vivir cada potencia que no se lleva a acto como un fracaso, es vivir frustrado. A veces, además, el hecho de que no todo sea, hace que lo que sí es tenga más valor y creo que eso está muy bien.
De Náufrago me llevo, pues, el valor de la inacción como símbolo y como la más trascendental de las acciones.

Tips de viaje

A propósito de que tengo un amigo que va a viajar este diciembre, recordé que hace poco más de un año hice una lista de “tips de viaje” basada en mis propios infortunios viajeros. La mayoría son obvios, pero bueno, igual los transcribo:

Los prácticos.

1. Carga con el menor equipaje posible. Muchas veces queremos ser preventivos y llevar todo aquello que hipotéticamente pudiéramos necesitar, pero eso es un gran error de cálculo: es muy probable que tengas que caminar mucho y el peor trayecto siempre es del aeropuerto (o central de trenes o lo que sea) al hotel, porque estás cansado y no sabes la ruta, a veces ni siquiera el idioma, los taxis en el extranjero suelen ser carísimos y los aeropuertos suelen estar retirados de la ciudad; así que lo mejor es viajar ligero.

2. Compra una buena maleta y unos buenos tenis. Esto aplica sobre todo a las personas que se van a mover mucho: los tenis que sean cómodos y aguanten, la maleta que de preferencia sea una backpack, nada de rueditas. La mía —que era de las baratas— se me rompió a la mitad del viaje y fue un desastre. La de mi madre no tenía estructura metálica (que generalmente viene incluida y que le da forma) y fue impráctico e incómodo.

3. Revisa veintidós veces tus horarios de salida. Supongo que a ustedes les suena a obviedad (y lo es), pero lo digo porque pasa: yo perdí un autobús porque la señorita dijo “2:30” pero imprimió un boleto que decía “2:00”; luego, casi pierdo un vuelo que salía a la 1:30 porque yo juré que era de la tarde cuando no, era de la madrugada. Más vale ser obsesivo en estas cosas. Lo mismo con el lugar de salida: hay ciudades que tienen más de un aeropuerto, o un aeropuerto con muchas terminales, ten cuidado.

4. Procura no salir demasiado temprano. Ocurre que los mejores precios de vuelos están siempre a deshoras y uno dice “todo bien, no hay problema, madrugamos”, pero hay que contemplar otro factor: cómo vas a llegar al aeropuerto de donde estás. Los metros suelen cerrar de noche y los autobuses tienen rutas específicas que hay que investigar con antelación. Yo en Londres pagué con todo el coraje del mundo un taxi carísimo en el que gasté lo que me había ahorrado en mi vuelo barato. Y encima madrugué.

5. Lee las letras pequeñas. Es bien sabido que todo mundo abusa de los turistas desorientados; por eso, hay que estar atentos. Yo en Lisboa estaba muy contenta comiendo en un restaurante delicioso que presumía tener muy buen precio, y cuando me trajeron la cuenta, oh sorpresa, ¡trece euros de tenedor! ¡Trece! En eso había salido mi platillo principal…. Lo mismo con las aerolíneas: Ryanair te dice “regístrate en línea”, pero no es lo suficientemente enfático en “porque si no te cobramos 40 libras esterlinas, ¡hijo de puta!” Y por supuesto que es una estrategia deliberada para hacer negocio. Igual con el número de maletas permitidas, con la comisión extra por comer afuera en vez de adentro, con el número de horas con el que tienes que cancelar una reservación, etcétera.

6. Llega siempre con anticipación a todo. Porque sí, porque te pierdes, porque si cambias de país te entretienen en aduana y se te va el tren, porque eres un turista imbécil y necesitas considerar todo tipo de incidentes no planeados.

7. Considera el transporte en tus gastos. Entre una y otra, no exagero en decir que yo he llegado a gastar hasta el 30% de mi presupuesto en transporte, porque le vas sumando: el autobús que te lleva del aeropuerto a la ciudad, el metro que suele ser caro y que tomas para todo porque no sabes calcular distancias, ¡y no se diga de los tranvías! En Amsterdam costaba 2.60 euros o algo así, con que usaras uno de ida y uno de vuelta, ya se te iban 100 pesos.

8. Considera “paquetes”. El turista con bajo presupuesto en general no se da el lujo de considerar paquetes, pero resulta que a veces esos paquetes son más económicos que si intentas hacer todo por tu cuenta, porque finalmente quien te ofrece ese paquete es una empresa que ya tiene un contrato a mayoreo con los lugares turísticos, museos, etcétera. Lo mismo con el transporte: a veces conviene un abono de esos de tres días o semejantes, pues aunque al principio te parezca caro, muchas veces sale más barato a la larga. Caso similar es el de los turibuses o las “excursiones”, no pierdes nada con agarrar el folletito y ver: en una de esas hasta te ahorras dinero y desgaste psíquico. No está mal que de repente alguien te lleve de la mano.

9. No confíes en las páginas de internet. No porque te digan que tu hostal está en el centro, significa que va a estar en el centro. No porque aparezca una foto de un cuarto medio limpio, significa que lo esté. Investiga bien. Un buen punto de referencia: mínimo, que esté en la zona A o zona 1 del metro, si no, estarás lejos y además pagarás por ello.

10. Cambia dinero con anticipación. Si no, acabarás cambiándolo a un precio que no te conviene y no podrás hacer nada al respecto. O peor: si vas a un país muy muy lejano puede ser que ni siquiera tengan tu tipo de moneda. Caos.

11. Si planeas usar tarjetas de crédito o débito afuera, avísale a tu banco. Si no, te las bloquean y luego no las puedes usar. De paso, investiga si hay redes en el país al que vas que son compatibles con tu banco en particular. Si es así, podrás sacar dinero sin que te cobren una comisión altísima.

12. Reserva. No olvides que los hoteles sí se llenan. Y no sólo los hoteles, hay otras cosas que necesitan reservación: en Roma, había que reservar para ir al Museo Borghese (donde habían dos Berninis <3); en Granada, para entrar a la famosa Alhambra; lo mismo para el Palacio de Versailles en París, y así, un gran etcétera. Y si reservaste y al final cambiaste de planes, relee el punto 5.

13. Haz tu propio research sobre el lugar. Aunque en las estaciones o en el centro de las ciudades suele haber información turística confiable, mapas gratis y demás, muchas veces esa información está patrocinada por un tercero, el cual, tiene intereses económicos propios. De forma que si no investigas por tu cuenta y caes en malas manos, corres el riesgo de que acabes viendo un montón de sandeces y te pierdas los verdaderos atractivos del lugar.

14. Consigue mapas. Eso es lo primero que hay que hacer al llegar a un nuevo lugar: conseguirte un mapa de metro y un mapa de la ciudad. Habitualmente los regalan.

15. Carga tu propio dinero, identificación, mapa y dirección del hotel. Como turista, estás en una posición de vulnerabilidad. Por lo mismo, sal con escudo.

16. Identifica qué supermercado te queda cerca. Va a ser el mayor ahorro de tu viaje. Muchos hostales tienen una cocina pequeña con microondas y demás, si estás en uno de esos, has corrido con suerte, ¡aprovéchala! Si no, de todas formas hay cosas frías qué comer siempre. Superear en un viaje es la opción.

17. Planea tus comidas. Además, es importante que planees bien tus comidas, porque si estás en pleno lugar turístico cuando tienes que comer, los restaurantes que tendrás cerca serán caros. Igualmente, considera el precio de las bebidas: esta es una trampa similar a la que denuncio en el punto siete sobre el transporte, hay cosas que cuestan que no consideramos, la bebida es una de ellas. Si comes en un puesto de hotdogs comerás tu hotdog de 2.50 euros y si te descuidas, tu Nestea de 4. Eso además de las bebidas fuera de horario. Fíjate en eso.

18. Turistea por zonas. Otra obviedad: ir de la zona norte de la ciudad a la zona centro para luego ir a la poniente, no es inteligente. Asimismo, si estás en la zona norte porque fuiste a ver la gran cosa A, igual y te conviene aprovechar y ver la no gran cosa X que no tenías contemplada ver pero te queda de paso. Etcétera.

19. Investiga cuándo es gratis la entrada. Eso aplica sobre todo en museos. En Madrid, por ejemplo, se podía entrar al Museo del Prado o al Reina Sofía (:’3) gratis después de las seis todos los días y creo que los domingos. Y así con otras cosas.

20. Las cosas también van por días. Contempla que muchas cosas comerciales cierran los domingos o otras tantas culturales cierran los lunes. O que hay mercados que sólo abrirán los miércoles o espectáculos en la calle los sábados en la mañana. Haz tus planes conforme a ello. Depende del país y del caso, obviamente.

21. Acumula papeles. En algunas ciudades el boleto de metro te lo piden, no sólo al entrar, sino también al salir. A veces la nota del restaurante en el que comiste sirve para saber la calle y poder volver ahí porque “cerquita había una tienda padrísima”. Y esa hojita en la que apuntaste el teléfono del hotel no está de más porque, aunque el otro en teoría tiene todos los datos porque tú se los apuntaste, pasa que en su despiste puede perderlos en la estación de trenes (ccp. Borja que me lee ¬¬) Lo mejor es acumular papeles. Aquí igual te conviene releer el punto 15.

22. Si puedes, cómprate una guía de Lonely Planet. Son la onda, son bonitas, prácticas y te hacen el paro muchísimo. Tienen mapas, rutas, datos curiosos y hasta frases en el idioma del lugar al que viajas. Las venden en Mundo Joven, en los aeropuertos, en las tiendas de souvenirs y prácticamente en cualquier lado. Aplica sobre todo si vas a viajar a un sólo lugar.

Los moralizantes.

23. Prueba. Ese ya es más cuestión de personalidad, pero me parece un desperdicio ir a un lugar distinto a hacer lo mismo que haces siempre. Cambia tus hábitos gastronómicos, prueba cosas, cómprate sombreros raros, aprende palabras y no saques tu salsa Valentina de la bolsa para aderezarlo todo. Es lo divertido, ¿cuál es la gracia de ir a Amsterdam, por ejemplo, sino ponerte hasta el pito de marihuana al lado del canal y ver prostitutas?, ¿o de ir a Sevilla o a otro lugar de Andalucía si no vas a ver flamenco porque “no te gusta el baile”? Si no tienes interés en abrirte a nuevas cosas, lo mejor es que te quedes en tu casa, sale más barato.

24. Improvisa. Este punto se contrapone a casi toda la lista, pero es importante: prepárate todo lo que puedas prepararte, pero ya que estés allá, flojito y cooperando. Si te pierdes, recorre el barrio en el que te perdiste; si te llaman los colores de un aparador, métete a la tienda; si querías ver algo y está cerrado, encógete de hombros. De otra forma la pasarás fatal.

25. Sacrifica sin culpas. Viajar no tendría que ser un “to do list”. Viajar es ver gente chispada y edificios que te quiten el aliento, es sentarse a ver pasar la tarde, es anonadarte en un mundo que huele distinto, con otro ritmo y otros colores. El peor error es tener prisa, cuando en teoría estás de vacaciones. Es probable que no puedas verlo todo, ¿pero cuándo has podido? La opción es elegir tres must (aquellos por los que estás dispuesto a pagar la entrada aunque sea cara, por ejemplo) y ya de ahí vas improvisando. Viaja con calma.

26. Viaja, no meta-viajes. Ese es otro error común. Parece que la gente viaja sobre todo para poder contarlo después, de manera que pone más atención en tomar fotografías y en visitar lo visitable que en simplemente estar. Es mejor quedarte estupefacto en el Louvre por una pieza que nadie más recordará, que ver todas las grandes obras corriendo mientras las palomeas en una lista. Es mejor tener un recuerdo trastocado de las cosas, que tenerlo todo registrado en fotografías aunque no recuerdes dónde las tomaste. Toma fotos, claro, visita lo que hay que visitar, pero privilegia lo irregistrable, eso es la vida al final.

De racionalizaciones y susceptibilidades.

Reflexión en 6 sencillos pasos:

1. Contrario a lo que me gustaría presumir, no estoy exenta de susceptibilidades. Supongo que nadie. Hay temas que me ponen automáticamente a la defensiva, situaciones en las que no puedo evitar reaccionar visceralmente y personas que incluso tienen cierta habilidad para sacar mi lado infantil, como mi madre. No soporto que me controlen y me pongo desproporcionadamente agresiva cuando alguien intenta hacerlo. Cuando me siento invadida, muerdo. Me exasperan las personas que no respetan mi privacidad, física o mental; y si hablan mal de alguien que quiero o que me gusta, se me revuelve el estómago inmediatamente y me pongo un poco hosca, aún sin darme cuenta. El tema de las clases sociales me pone nerviosa y sé que hay otros temas (aunque ahorita no se me ocurra ninguno) que defiendo con pasión porque me identifico con ellos, porque no puedo no hacerlo: pierdo la objetividad.

2. El otro día charlaba con mi padre sobre la razón por la que no me gusta visitar a mi familia de provincia. Mi razón era que ahí siempre me tratan como la rara, como la intelectual, como la sabelotodo que habla raro. Y me cansa porque inconscientemente acabo siendo esa que ellos quieren que sea: la arrogante, la despreciativa, la espesa. Él me respondió con algo muy simple: “el problema es que eso te hiere y te enganchas, no tendrías por qué hacerlo”, me dijo. Pensé entonces en los años de mi preparatoria insufrible, en donde tomé como estandarte mi condición de “freak” para sobrevivir. Pensé en todos los rechazos amorosos que tuve cuando adolescente porque “era muy intensa” o “era muy rara”. Pensé en que sí, que me dolía. Otro punto de susceptibilidad. Me saca un par de lágrimas aún ahora al escribirlo.

3. En mi entrada sobre la memoria recibí un comentario de gyptolo que según yo, hacía alusión a lo infértil de mi racionalización, decía:
Hacer cada vez más grande el rompecabezas desvía tu atención. Cada memoria va emparejada con un sentimiento, ello acota su vida. Te enamoras del minotauro para no salir del laberinto. Insisto, tienes las respuestas; busca la pregunta.
Yo le respondí con el siguiente mensaje:
Honestamente no creo que el método para buscar preguntas sea distinto a aquel para buscar respuestas. Uno busca y ya, y lo hace como puede, a tientas, valiéndose de los pocos o muchos recursos que tiene a la mano.
Identificas bien mi gusto por los laberintos y los rompecabezas; ahora, si dicho gusto me acerca o me aleja de la respuesta, eso ya es discutible.
Si lo que te mortifica es que racionalice tanto, éstate tranquilo: Siento. Y mucho.

Ese día tuiteé sobre lo útil de los mecanismos de defensa, sobre que en realidad eran herramientas para la adaptación y no había por qué condenarlas. Al día siguiente, hablé sobre que no era que pensara para no sentir, sino que pensaba porque sentía y algo tenía que hacer con eso.
Aunque en ese momento no fui consciente, había sacado las garras.

4. Hoy me puse a hojear el primer diario que tuve en Europa, correspondiente al periodo en el que estuve viajando: de septiembre a mediados de octubre de 2010. Me sorprendió mi claridad para detectar ciertos problemas, mi criticidad para escudriñar en mis miedos y en mis deseos, y lo certero y sensato de mi diagnóstico sobre lo que me cabía o no me cabía esperar en mi vida amorosa de ese momento. Lo irónico es que, con todo y que sabía todo lo que sabía, parece que ‘sospechosamente’ lo olvidé en el camino. O sea, de todas formas me fui a meter ahí, sin protección, y cometí todos los errores que pronostiqué.
Al leerlo, recordé una conversación que tuve con mi amigo psicoanalista en el que me explicaba que los insights sólo funcionaban cuando la revelación iba cargada de emoción, y que la racionalización era precisamente acceder al contenido de forma racional, pero desplazando por completo el sentimiento al que estaba vinculado. Entonces me puse el saco, y me lo puse con la cabeza baja. De nada sirve saber si sólo es otra forma de mentirte a ti mismo.

5. La verdad me gusta ser quien soy. Durante muchos años condené muchos de mis rasgos, pero con el tiempo me di cuenta que dicha condena no me estaba llevando a otro lugar más que al masoquismo. Es un deleite noble y leal, este de pensar, de hacerlo hobbie y trabajo, de exprimirlo y hacerlo producir. Podría estar en drogas o arañándome los brazos, pero en vez de eso pienso y me parece que no está del todo mal. Me gusta, me apasiona y me entretiene.
No obstante, no quiero esconderme en eso, no es mi intención hacerlo. No quiero mentirme, ni quiero no saber cuando detenerme. Según yo, no soy excesiva; disto mucho de ser un autómata y no tengo la seriedad de los de mi gremio. Pero tiene razón mi padre: me hiere cuando alguien me ataca por ahí, y me hiere porque no se equivoca, porque ahí tengo una herida abierta que no sé cómo tapar, y entonces doy vueltas y vueltas, cuando en realidad sólo me estoy muriendo de miedo de no saber, de acercarme silenciosa y resignada a la fatalidad y a la muerte.

6. Creo que llevaba como un mes sin llorar. Pero está bien haberlo hecho con este escrito, porque eso quiere decir que en esta ocasión no estoy cayendo en el mal que denuncio, no del todo, al menos. Ahora que lo releo no sé si nisiquiera qué parte exactamente es aquella digna de llanto. Supongo que la parte en la que soy franca conmigo misma, así de simple. Suspiro. Me urge regresar al psicoanalista. Ja, transferenseo. En fin, buenas noches a todos.

Sobre el aburrimiento y otros temas aburridos.

Y sobre mi adicción a Internet, mi proselitismo del entusiasmo y la labor de apropiación.

If it takes will-paralyzing boredom
to bring your insignificance home,
then hail the boredom. —Brodsky.

Si tuviera una poética, sería en este espíritu:
recordar no la bellísima sinfonía, sino a la
señora que estornuda en el minuto 44.
-@Jestautre

Escribo este texto porque estoy aburrida, porque soy compulsiva en nombrar y eso, aunque me agota y hastía, me revitaliza en igual medida. Escribo este texto porque algo hay que hacer, porque es lunes de asueto (aunque dadas mis circunstancias ni me va ni me viene) y porque, si necesitásemos una razón para hacer las cosas, ya nos habríamos tenido que suicidar en honor a la congruencia.
La inspiración del día es una conferencia grandiosa de Brodsky que leí aquí, cortesía de @javier_raya. El sólo hecho de leerla me aburrió. Je, si Brodsky estuviera leyendo esto, mi frase anterior podría interpretarse como un abierto coqueteo. Lo es. La conferencia es realmente extraordinaria.
Leerla me hizo pensar que tal vez mi torpe proselitismo del entusiasmo no es sino meras patadas de ahogado en mi lucha contra la finitud. Es como el chiste que dice que no ser comunista a los dieciocho es no tener corazón, pero que seguir siéndolo a los treinta es no tener cerebro. Yo estoy más cerca de los treinta que de los dieciocho, matemáticamente hablando. En ese sentido, a veces creo que lo que me falta es una dosis de resignación. Resignación-pareja estable, resginación-aburrimiento dócil de domingo. Pero para ser sincera le tengo pánico a la ataraxia, tengo miedo de que si me quedo quieta una parte de mí se marchite, tengo miedo a sentir que me conformo.
Y no, no lo quiero todo. A decir verdad, ya lo he tenido todo. O sea, más bien, ya he jugado a pretender tenerlo. Es, de hecho, uno de los hilos rectores de mi vida: he sido bigámica y promiscua, he estado en sinfín de clases y proyectos, aprendido un montón de cosas inútiles que van desde monociclo hasta braile; me he enamorado de poetas, de filósofos, de actores, de hombres mayores y menores y si no me he metido drogas duras es porque me da miedo.
Y de todo ello he aprendido que dicha saciedad es un espejismo. Ahora texturizo lo pequeño porque estoy exhausta de lo grande. Ahora privilegio la idea de saber vaciarme antes que la de buscar llenarme. Pero, aún así, no abandono los superlativos, no dejo de danzar por la calle, no dejo de buscar con ahínco cuando a lo mejor el problema es que soy incapaz de aceptar que no hay nada que buscar. No me acostumbro a ser insignificante, ni a que el aburrimiento sea condición natural de la existencia.
Creo que de ahí viene mi adicción a internet, por ejemplo: para no aburrirme, o para creer que no me aburro, espero. Internet es un sitio grandioso para esperar, porque está configurado de forma tal que puedes no saber qué esperas; puede sorprenderte con un correo o una página nueva, una buena conversación a medio día o aunque sea un puto fav en Twitter. Pospones el aburrimiento porque siempre estás a punto de recibir algo. Pero eso, sobra decirlo, también aburre, aunque sirva de artificio para creer que no.
No obstante, sigo creyendo en los detalles. Por eso el epígrafe de @Jesautre: siempre hay algo que salta, que es disonante y que, como tal, es bello. Es decir, creo que hay parte del hastío que uno también decide cuando cree que entiende, cuando se da el lujo de sentir que posee sin reservas, cuando pierde la afición por nombrar lo heterogéneo. Y creo que, en ese sentido, hacer una labor de apropiación de los eventos dignifica la vida, porque no se trata de frutos, se trata de siembras; no se trata de explicaciones, se trata de odas al absurdo y espirales.
Soy finita y me aburro, pero leal a mis gustos, mi sonrisa es genuina.

[Miren, otra cita de Tournier, esta última aportada por el carismático @melisMatik. ¡Gracias!]