Continuidad

Reflexiones de mujer que se depila.

El otro día me estaba depilando y al terminar aprecié, orgullosa y narcisista, mis piernas lisas. Les puse crema y me probé una falda. Luego pensé en lo clásico: en por qué los hombres no tenían que pasar por ese ritual doloroso, en si hacerlo formaba parte de la subyugación femenina, en los cánones de belleza y en el cuerpo como institución cultural; pensé en que mis piernas estaban plagadas de ideología.
En eso vino a mi mente el tema del vello púbico. La gente no habla tanto del vello púbico como debería. Por eso me gusta cuando los autores tocan el tema, como Benedetti que escribe  «tú el césped de tu vértice / yo mi pobre ciprés», o como Cortázar que en uno de los capítulos eróticos de Rayuela menciona «la sombra del vientre» de la Maga.
Cuando vi la obra Monólogos de la Vagina recuerdo que la audiencia se rió particularmente con el tema del vello púbico: que cuando crece, pica; que los hombres prefieren que no haya pero que preferirlo así puede leerse como una perversión medio pedófila; que tendría que ser más bien como un jardín alrededor de la piscina y que quien no gusta del vello púbico, no puede afirmar que gusta de la vagina.
Yo estoy parcialmente de acuerdo con esa última afirmación. Me parece que el deseo sexual termina por prescindir de la estética (aunque en un primer momento se monte en ella), y sostengo firmemente que la naturalidad en su justa medida se agradece, con todo y su desaliñe y su vello púbico.
Entonces pensé en el estigma que tiene nuestra sociedad hacia el vello en general. Quizás se debe en parte al rechazo de nuestra propia animalidad. Pero también creo que hay un elemento importante en todo esto del que casi no somos conscientes: nuestro gusto por la continuidad.
Es posible verlo en todos lados: en las películas hollywoodenses vemos cómo cada pieza cae encima de la otra y se engarza a la perfección; los diálogos son fluidos y las respuestas siempre precisas, a nadie se le olvida lo que estaba diciendo ni hace paréntesis digresivos en pleno clímax para decir “date la vuelta aquí a la derecha”. Y ese tipo de narrativa nos hace sentir cómodos, pues esconde con éxito la discontinuidad inherente en la vida real.
Aborrecemos la discontinuidad. Somos malos con los cortes y redondeamos hasta las horas de nuestras citas como si con eso le limáramos las esquinas al tiempo. Nos contamos nuestra historia como si fuera lineal, aunque no lo sea, y regañamos a los niños porque se salen de las líneas al colorear. Huimos del desfase y lo hacemos precisamente porque somos seres desfasados, discontinuos, con identidad porosa y deseo errático.
Visto así, podemos entender entonces ese gusto por el cuerpo desnudo como un gran desierto, como una línea lisa y curva que permite la caricia sin interrupciones de la punta del dedo del pie hasta la cabeza, porque claro, en la continuidad se juega la ficción sin rupturas, mientras que el vello es lo real y lo real amenaza siempre, lo real es sucio, lo real es prescindible en esta época de apariencia y simulacro.

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Domingos

El tiempo se suspende en domingo, pero no los platos sucios.

No se tome por coincidencia que sea en domingo cuando me pongo solemne. O triste. Odio los domingos. Los domingos me siento particularmente sola. La energía en el ambiente es baja, la gente no hace planes, la ciudad se silencia y yo me quedo en medio de la nada, sin poder aferrarme siquiera a un cigarro para fumarlo en la ventana; claro, porque no fumo.
Los domingos son una gran metáfora de la muerte, es el silencio postcoital al lado de alguien que no te simpatiza; es la apatía distendida como una telaraña, la amenaza del lunes, la familia, la mediocridad permisiva y pegosteosa de tarde de televisión y cansancio crónico.
Los domingos se vuelve palpable el vacío de la existencia y aparece la náusea sartreana como un roedor que roe y roe. Quizá, porque no sabemos estar solos. Quizá porque no somos buenos con los finales o porque es desesperante tener que ser testigos pasivos de este ciclo que se repite y se repite y se repite.
Los que se quejan de los lunes es porque no conocen la monstruosidad de un gordo, espeso y terrible domingo por la tarde. Justo cuando uno piensa que lleva bien la batalla, llega el domingo.
Los domingos pienso en abrazos y deseo con particular fervor que me besen las clavículas, que se metan a mi cama a ver películas y hundan sus dedos en mi pelo, que me digan que está bien que esté triste y que no estoy sola.
Pero lo estoy y lo sabemos. Entonces suscribo todo lo anterior con resabio y a regañadiente, ¡y qué daría yo por no tener que suscribirlo! Claro, porque quién quiere ser débil, quién en su sano juicio quiere aceptarse ávido de mimos, nini y sin futuro claro, en su ciudad de siempre como un desconocido, tiritando de frío y, encima, en domingo.

De urnas y barquitos de papel

Post personal sin conclusión conciliatoria.

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol en tiempos de otoño muere por sus hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.
Canción de las simples cosas, Mercedes Sosa.

I.
Por motivos que no vienen al caso ahora, cuando era adolescente me atraía y obsesionaba en sobremanera el tema de la muerte, lo que se manifestaba —según el día— en bromas, en fantasías apocalípticas o en duelos siempre desfasados, que cuando no eran prematuros, ya estaban oxidados.
En esa etapa estaba cuando adquirí por accidente mi primera urna: era una de mármol, ligeramente verdosa, bonita. Me divierte eso de llamarle “mi primera urna” como quien dice “mi primera bicicleta”, pero así era. Sucedió de la siguiente manera: un día descubrieron que la cripta familiar estaba llena de urnas vacías, posiblemente compradas por un pariente rico décadas atrás; pero como la mayoría de las funerarias incluían la urna en su paquete de servicios, cada que se moría alguien ponían sus cenizas en una nueva, así que cuando llegaba la hora de depositarla en la famosa cripta, era necesario desalojar primero una urna vacía para que cupiera la otra. Cuando eso ocurría, yo me quedaba con la sobrante. Coincidió además que ese año (2004, yo tenía diecisiete) estuvo plagado de muertes, cosa que por lo demás no era rara, lo que da cuenta en parte de los motivos de mi obsesión.
Como traía tanto juego con el tema, cuando recibí esa primera urna me emocioné muchísimo y me puse a idear qué podría hacer con ella. Podía llenarla de pétalos secos de las rosas que me regalaban (como hice con mi segunda urna), podía únicamente ponerla en mi escritorio o en mi librero o podía….y en eso tuve una epifanía: podía dársela a cada persona especial de mi vida, de forma que, cuando me muriera, mi caja de muerta contendría simbólicamente toda mi vida.
Así procedí. Decidí que el primero de la lista tenía que ser el chico con quien salía en ese momento. Era un chico además bien seleccionado —según yo—, pues él mismo tenía sus rarezas relacionadas con la muerte, dentro de ellas quizás la más sobresaliente era que tenía pegados, en la puerta de su cuarto, decenas de epitafios de gente desconocida; “para que no se olviden”, decía.
Sin embargo, el gusto me duró sólo unas semanas, porque más tardé en dársela que lo que tardamos en pelearnos, como adolescentes que éramos, estrepitosamente y azotando la puerta. De forma que cuando menos vi ya había perdido contacto con él por completo y él se había quedado con la urna. El contacto lo retomamos un par de años después cuando, ¡oh paradoja!, la muerte de un amigo en común (Joaquín, el de esta historia) nos volvió a reunir. Nos volvimos buenos amigos, hasta la fecha. Pero para cuando eso sucedió yo ya era universitaria y él ya se había mudado de casa, dejando la urna en su antiguo hogar.
Entre un evento y otro, pasó mucho tiempo en el que intenté sin resultados recuperarla; les supliqué a nuestros amigos en común que pasaran por ella, planeé rescates que nunca concreté, hasta que, a costa de cansancio, acabé desistiendo. Pero en el camino comprendí una cosa. Comprendí que, al final, eso era la muerte: no el ritual vitalista ni el paseo de los recuerdos, no; era el puro olvido, los puntos suspensivos fuera de lugar, la irrupción de la nada. La verdadera muerte era esa, la que dolía, la que faltaba, la que era sepultada sin memoria.

II.
Antes de salir a España, hace poco más de un año, Fernando me regaló un barquito de papel que decía Mariana 1, escrito con su puño y letra. Fernando había sido mi novio por dos años y cuando me fui a Madrid a estudiar el posgrado, nos tuvimos que despedir no sin lágrimas y protestas.
No obstante, el barquito de papel me lo llevé y durante meses fue casi el único adorno de mi cuarto, junto con una concha de Venecia y una brújula. Mi drama con él iba y venía, y los encuentros y desencuentros estaban a la orden del día en llamadas de Skype a deshoras, mentadas de madres y distanciamientos que se pretendían saludables. Pero en todo ese vaivén el barquito seguía incólume en mi librero. No era sólo por Fernando, también era porque me gustaba pensarme viajera y emancipada, me gustaba pensarme como ese barco que se había liberado de su puerto, valerosa y siempre en búsqueda.
Diez meses después, aparecí frente a él un día con una backpack en la espalda y mi barquito de papel en la mano. Le pedí que me lo cuidara hasta que regresara definitivamente, para lo que faltaban dos meses. Dárselo era una forma de promesa.
Esa semana tuvimos un idilio torpe en el que repetimos los malsanos hábitos de nuestros meses de distancia; síes y noes, declaraciones sedientas y rencores tercos. Fantaseamos con tener un barco real y llamarle Mariana 2, pero todo era frágil y desgastado y no sólo no llegamos a tener ese barco, sino que en menos de dos semanas lo nuestro ya había acabado por completo y había acabado mal, yo me había regresado a mi exilio y, encima, él se había quedado con mi barco de papel.
La semana pasada pasó a mi casa a dejarme mis cosas. Clásico y patético ritual de pareja que termina. Llegó sin avisar, me esperó en la puerta de mi casa, serio y nervioso, con un cigarro en la boca que nunca soltó y sus lentes oscuros Ray Ban que nunca me gustaron —claro, los lentes eran importantes, no fuéramos a tener contacto visual—. Me extendió una bolsa negra de basura grande y rota, con un montón de cosas inservibles. Las amontonó todas, sin importarle la categoría: libros y cosméticos, carpetas con hojas, una botella de mezcal, un sleeping bag y hasta un billete de quinientos varos arrugado al lado del shampoo y de mi cargador de la cámara.
Sin embargo, el barco de papel me lo dio en la mano. Puede haber sido coincidencia, ¿pero por qué el barco precisamente?, ¿por qué no ponerlo con el resto de las cosas? Me pareció simbólico. Bien podía haberlo metido a la bolsa al lado del último regalo que le di —que era otra promesa— o de mi vibrador o de mi cepillo de dientes; pero no, me lo dio en la mano, como si quisiera decir: “paso estafeta, ahora estás sola en esto”. Treinta segundos después se estaba yendo.
Es estúpido que guarde el barquito. Me dan ganas de irlo a dejar a un parque donde haya un lago, pienso tal vez en el parque del reloj de Polanco. Supongo que no he ido porque me gustaría que alguien me acompañara y no se a quién pedírselo. Pero sé que cuando vaya será triste, porque no es el barquito, es un viaje que se acaba, y un lazo.

III.
La urna o el barquito son ejemplos de esos objetos a los que sin querer vamos haciendo testigos de nuestras vidas, como las cartas y los lugares, los pequeños rituales diarios, las marcas de preservativos, las chanclas rotas. Vamos vertiendo significantes en todo lo que nos rodea; en los gorriones de los parques, en los anuncios de la tele, en los cafés y en nuestra comida favorita.
Pero el tiempo es traicionero y es común que los objetos duren más que lo que duran nuestras pasiones en ellos depositados. Entonces se vuelven anclas y uno se repite a sí mismo que nunca más volverá a comprar a créditos, y siente malestar cuando pasa por aquella avenida tan cargada de momentos o ve su cuarto plagado de objetos-historia. Y es ahí cuando nacen las repentinas ganas de prenderle fuego a la casa entera y empezar a caminar y caminar y caminar sin voltear atrás, para ver si al menos así, se aligera un poco el sinsentido.

X-men

O la ética arrogante y el pensamiento dicotómico.

“Nos interesa el límite peligroso de las cosas.
El ladrón honesto, el asesino sensible,
el ateo supersticioso.” —Robert Browning.

Primero que nada debo aclarar que éste, más que ser un post original, es la recopilación de una conversación que tuve hace un par de meses con @miCuauh, amigo queridísimo, cuyo nombre —cabe mencionar— tiene un triptongo, una hache intermedia, acento diacrítico y acaba en consonante. Dicho esto, va el post:

Una posible definición de protagonista podría ser: aquel personaje con quien has de empatizar al ver una historia. Si el protagonista es el policía, el filme te llevará de la mano para que celebres el momento en el que atrape al delincuente; si por el contrario es el ladrón, estarás en tensión mientras asalta el banco, esperando que logre escapar a tiempo.
No obstante, esta última modalidad de “irle a los malos” es relativamente reciente. En general, las películas, los dibujos animados y las series de televisión estuvieron mucho tiempo orientadas para que le fuéramos a los buenos. La disolución de ese maniqueísmo no se dio quizás sino hasta los noventas, donde empezaron a surgir figuras limítrofes, antihéroes que no eran más que seres sufrientes o héroes que tenían problemas de control de la ira.
Este giro dotó de humanidad a los nuevos personajes y emancipó un poco a la ficción de la ideología y el adoctrinamiento, pero a cambio, le exigió algo más al espectador, algo que la literatura y el teatro llevaban siglos exigiéndole: le exigió entender. Porque si ni el bueno es bueno ni el malo es malo, entonces, lo que está en juego es otra cosa. Y es en esa coyuntura engorrosa donde nace la tragedia pues, como dice Peter Shaffer, la verdadera tragedia no está en el conflicto entre el bien y el mal, sino entre dos tipos distintos de bien.
Con este planteamiento, analicemos el interesante caso de X-men: en esta saga los buenos son, en principio, los X-men, lidereados por el carismático Profesor Xavier, mientras que los malos son los seguidores de Magneto y claro, Magneto mismo.
Lo interesante aquí es que, si se mira bien, la enemistad no es entre ellos, sino entre el tipo de bien que cada uno de ellos persigue. Por eso el Profesor y Magneto nunca se matan, teniendo tantas oportunidades, y hasta se puede decir que se tienen cariño; pues la guerra no es entre ellos, la guerra es con los humanos, y la confrontación entre los dos bandos de mutantes surge sólo frente a la divergencia en la forma de hacerse cargo del problema.
Esa idea de bien en la que difieren se puede resumir en: Yo (mutante) versus el otro (humano). El Profesor elige ver por la humanidad, aún a sabiendas de que eso orilla a los suyos a la exclusión. Magneto, en cambio, elige al yo; es decir, da por válida la contienda empezada por los humanos y toma una posición activa frente a la persecución marginatoria.
Y en este punto es en donde el bien y el mal se desdibujan. La brutalidad de Magneto consiste en alimentar la discordia y darle un estatuto real, incapaz de soportar la diferencia. Con ello se vuelve de la misma calaña que sus adversarios los humanos y hace que, iniciada la guerra, ya no pueda haber retorno. El acierto del Profesor es el contrario: su visión es más global y es capaz de oler el miedo de los otros; en ese medida, él sabe que los hombres sólo están siendo víctimas de sí mismos, que reaccionan porque no conocen y que su drama no es distinto al de los mutantes.
Pero al mismo tiempo, @miCuauh dice que el Profesor es un prepotente, y no se equivoca. El Profesor trata a los humanos como niños o como discapacitados intelectuales, ve por su bien sin consultarlos y los exime de responsabilidades. Centrémonos para ello en un escena de la última película X-men: First Class (2011): los humanos están en barcos atacando a los mutantes, Magneto detiene los misiles en el aire y los redirige hacia ellos. El Profesor interviene para detenerlo y le dice (traducción libre por mí): “Erik, tú dices que nosotros somos mejores personas. Este es tu momento de probarlo. Hay miles de hombres en esos barcos. Hombres buenos, hombres inocentes. Sólo están siguiendo órdenes”. A lo que Magneto contesta: “Ya he estado a la merced de hombres que sólo seguían órdenes. Nunca más.”
Claro, porque hay que recordar que Magneto estuvo de niño en un campo de concentración nazi en donde mataron a su madre frente a sus ojos. ¡Y qué razón en sus palabras! Seguir órdenes no es una excusa, es una justificación pusilánime que llevada al exceso puede caer incluso en la complicidad y en la permisividad de la violencia.
Mientras el Profesor, como Jesús, apela al perdón bajo el argumento de que “no saben lo que hacen”, Magneto los trata como adultos, les dice: “¡Háganse responsables de sus actos!”. Y lo hace con un argumento fulminante.
Visto así, toda ética es prepotente. Se coloca por encima de la animalidad en contra de su voluntad, como si dijera: “yo sé de qué va esto”. El problema es que, al hacerlo, se vuelve paternalista y ciega de sí misma, y, sobre todo, por firmar la paz barata no deja que cada uno se resuelva. Controla, pero no desanuda; impone, pero no concilia. Porque a veces para conciliar hace falta la guerra.
Como las parejas que necesitan pelear para volver a estar bien, pues la conciliación superficial es la que los está asfixiando. O como el proceso de la Autoconciencia en la Fenomenología del Espíritu, pero por el momento no nos meteremos en esos terrenos escabrosos.
Magneto es justo. Independientemente de su sadismo o de su falta de lealtad, Magneto trata a los humanos como sus iguales, no es condescendiente. Defiende lo propio sin temer a la destrucción y ejerce su legítimo derecho de ser él mismo; por eso le insiste a Mystique que no se esconda, que es hermosa como es.
En ese sentido, tal vez todos deberíamos de ser un poco más como Magneto, tomar al otro literal y bajarse del pedestal de quien decide, interpreta y comprende por el otro. Si el otro quiere ser escuchado, que se haga escuchar. Si no sabe pronunciar su propio miedo, asunto suyo. Y si destruye, ha de atenerse a las consecuencias. Si no cuándo maduraremos.

De intransigencias

¡Pobres nihilistas, que se creen más
lúcidos que los demás, cuando
sólo son menos capaces de amar!
André Comte-Sponville.

Crecí en un contexto en el que cuestionar las estructuras era ser irreverente. La mirada hacia dentro se consideraba subversiva y uno tenía que adivinar a tientas las cosas que no podían ser nombradas, porque —claro—no te las decían. Como infanta de ojos grandes, tardé en comprender la desesperación de mi madre por preservar el estatus quo, y no se diga del complejo método de institucionalización de las mentiras, que hasta la fecha sigue siendo para mí un misterio.
Así, conforme fui creciendo empecé a indignarme ante la insolencia de quien presume su propia patología y me inicié en el arte de emprender batallas contra molinos, enervada por ver cómo todos emitían juicios de valor con gran aplomo, como si ignoraran la duda.
Por este motivo, en cuanto pude hice de la duda mi sistema (lo que también trajo sus problemas, como explico en este otro post); y estudié filosofía para criticar las bases en vez de sentarme en ellas y estudié psicoanálisis para darle lenguaje a lo latente porque no confiaba en lo patente, y cómo iba confiar en ello si había crecido en ese mundo de espejismos y fantasmas.
Lo que no preví es que ese escapismo tan honesto, esa ingenua búsqueda por la verdad, terminaría por hacerme víctima de otro mal: el sospechosismo, deformación profesional de mi campo. La crítica compulsiva hace que todo tenga un pero, un matiz o una bifurcación, y bajo esa lupa, el desencanto se vuelve ineludible. Claro, porque el amor es carencia, porque la justicia social es utópica y porque hasta la razón es perversa e indigna de confianza.
Caí entonces en la soberbia de reírme de quien pregona la felicidad y me refugié en un escepticismo funcional en el que no requería meter las manos al fuego por nada. Aprendí que todo estaba plagado de dispositivos de poder y que yo no era yo y que Rimbaud y que Hegel y que Lacan. Aprendí que las heridas nos determinaban en cada palpitar y que el juicio determinante kantiano estaba superado y sólo quedaban juicios reflexionantes, lo que volvía mandatorio al cansado ejercicio de alzar la ceja en cada caso y de no dar nada por sentado. Y aprendí que los buenos no eran tan buenos y que los malos no eran necesariamente malos, que la identidad era imaginaria y que la economía era un puro juego de expectativas. Aprendí a desconfiar.
Sin embargo, ahora que ya han pasado unos años, volteo hacia atrás y no encuentro tanta diferencia entre un paradigma y otro. De la misma manera en la que en mi infancia cuestionar se consideraba una falta de modales, ahora la falta de modales consiste en creer. El repudio hacia una cosa o hacia la otra es el mismo; visceral y absurdo. Y aunque nos embriaguemos de conceptos y de sanos distanciamientos verbales, conservamos la tendencia a los prejuicios y sacamos las garras cuando algo se sale del sistema.
Nos decimos cínicos para curarnos en salud, nos preferimos monstruosos que débiles y nos llamamos escépticos porque comprometerse duele, porque comprometerse es arriesgar. Tenemos miedo. Y eso nos hace iguales a los que no cuestionan, sólo que nosotros hemos creado una versión más sofisticada de intransigencia.

Twitter y las expectativas

Hace un par de días leí un texto de @nivonog acerca de las personas que quieren tener más followers en twitter. Para ser honesta, yo soy de ese tipo de personas. No sólo eso, creo que la mayoría de los usuarios de esta red lo son. Podemos relativizarlo o quitarle importancia, pero todos sonreímos cuando alcanzamos un número redondo de followers o aparece un inesperado incremento de ellos de la noche a la mañana.
No es nuestra culpa, Twitter está diseñado para eso: por eso es pública, por eso hay trends y por eso es posible la no reciprocidad; porque es una red de voyeures y de exhibicionistas que sólo quieren coquetear con la atención; es una red diseñada para creerte popular, sin importar el por qué.
Es cierto que en el camino lo hemos tergiversado todo: hemos hecho del favstar una herramienta política y un triste onanismo narcisista, hemos participado en memes cuyo humor, pensado en frío, ni siquiera compartimos necesariamente y @nivonog no se equivoca cuando dice que la gente en realidad no sabe por qué o para qué quiere más followers, lo que los convierte muchas veces en urgidos ridículos.
Pero pretender tener un por qué bien establecido es también tergiversar esta herramienta. Pensar que debemos de tener algo en concreto qué decir, obligarnos a ser interesantes y prohibirnos los tuits del tipo “tengo hambre” para no perder calidad, es fingir una cohesión que no existe en nuestra identidad porosa y es pensar las relaciones como estrategias mercadológicas.
Es tal vez el tema que me obsesiona últimamente y que está proyectado en diferentes posts de este blog: la pesadez de las expectativas. Buscamos una linealidad en lo que hacemos y decimos, pero esa linealidad es imaginaria y es de alguna forma perversa, porque está hecha desde afuera, desde lo que esperamos de nosotros mismos o desde lo que los otros esperan.
Yo quiero más followers. Es más, todos los que están leyendo esto deberían de darme #followfriday mañana como en los viejos tiempos (@nereisima ;)). Y si mi razón es porque quiero sentirme mágica y musical o porque estoy llenando mis carencias por este medio o por lo que sea, eso ya no es relevante. No mientras haya quien me faveé mis tengohambres y mis mirencómosoyunaemo. ¿Y adivinen qué? Siempre los hay.
El comercial, en este caso, es el producto mismo. Un producto poco definido, ¿pero qué esperábamos?