Descubrir o convencer

I.
Un joven investigador inicia entusiasmado su tesis doctoral. Tratará de algo importante, no sé, quizás del proceso reproductivo de las cucarachas del Pleistoceno en la glaciación de Würm, o tal vez de los parpadeos y su influencia en la producción de dopamina en mujeres embarazadas. Algo fundamental; una de esas piezas que, aunque diminutas, se engranan en la gran maquinaria de la Ciencia y le permiten funcionar. O eso es lo que piensa nuestro joven investigador, párvulo y apasionado. No obstante, cuando se presenta frente a su asesor, cuál va a ser su desengaño: el tema es demasiado amplio, las fuentes bibliográficas demasiado laxas, sus sueños demasiado grandes. “¿Y si en vez de hacerlo de las cucarachas lo haces de los mamuts?”, “La dopamina ya no interesa, lo de hoy es la oxitocina”, y como eso un gran etcétera.
Su apego al sistema lo hace bajar el rostro y asentir. Finalmente él es joven, ¿qué puede saber él? “Seguramente mi borrador era una mierda”, se recrimina. Al final, hace lo pedido y aprende sobre todo a no dar paso sin huarache. Citas, autores por todos lados, notas al pie. Sus aportaciones son siempre prudentes, recatadas por no decir pobres. En aras de resultar convincente, abandona sus ingenuos arrebatos y se queda sin crear, sin descubrir, sin decir nada. El resultado termina en una tesis llena de palabrería hueca, pero eso sí, una palabrería científica, seria y digna de mención.

II
Una mujer se reúne con su amado después de un año de no haberlo visto. En ese tiempo se han dedicado a hacer apologías de su amor, a bañar de utopía su pasado compartido, a extrañarse. Ahora están por fin frente al otro, y a su manera, el corazón de ambos se estremece. Pero el desfase entre el pasado y el presente es patente, el paso del tiempo ha dejado grietas y ha enmohecido el nosotros. Es natural: ella ha pasado el año viendo florecer castaños; él, no ha visto más que jacarandas. Y esas diferencias sustanciales te cambian algo dentro, todo el mundo lo sabe. Ellos también lo saben, saben que así tiene que ser, pero aún sabiendolo, el sentimiento de inadecuación incomoda.
Ella intenta romper el hielo, busca a toda costa su mirada, desempolva energéticamente los recuerdos. Le dice: “mírame”, le dice “recuerda que estás enamorado de mí”.
Una noche, recostados en la cama después de hacer el amor, ella le dice con aire evocador: ¿te acuerdas cuando decías que tu parte favorita de mi cuerpo era el dedo de mi pie izquierdo, ése, el doblado? Él sonríe. Se incorpora para verle el pie, pero ella, torpe, se adelanta: “¡Sí, mira, éste!”. Algo les sabe mal. Se quedan en silencio, se miran a los ojos y se sienten tristes. Perciben sin reconocerlo que ése es el principio del fin. La magia de descubrir al otro y fascinarse se ha visto sepultada, están en una mera labor de autoconvencimiento, como si de un argumento se tratase.

III.
Juan, niño de ocho años, está cansado de que Luis, su hermano mayor, sea mejor que él en todo: es capitán de futbol, le va bien en la escuela y hasta tiene más amigos. Cada vez que quiere destacar en algo, Luis ya se le ha adelantado. Sus padres los comparan todo el tiempo y eso le enerva a Juan: “Deberías de ser como tu hermano”, le dicen. A él le hierve la sangre al escuchar esas palabras. ¡Y es que no es cierto que sea mejor! La semana pasada, por ejemplo, Juan ayudó todos los días a recoger la mesa mientras su hermano jugaba Xbox y nadie dijo nada, pero cuando el domingo él estaba cansado y fue Luis el que ayudó, se lo echaron en cara: “Deberías de ser más acomedido, aprende a tu hermano.”
Juan ha intentado todo para disuadirlos de su error, ha querido apuntar en el pizarrón sus méritos en comparación con los de su hermano, ha intentado ser aún un mejor hijo, se ha metido a clases de karate para ver si así sus padres logran admirarlo por algo. Pero todo esfuerzo ha sido en vano: cuando ha buscado reconocimiento le han sugerido modestia, cuando ha hecho algo bien lo han olvidado, pero en cambio han colgado su examen reprobado en el refrigerador.
Juan llora frente a la dolorosa verdad: no importa lo que haga si ellos no quieren darse cuenta. Y eso no está en manos de él.

Quisiéramos abrirle los ojos al otro e imprimirle en la retina la experiencia de nuestra propia fascinación, pero el descubrimiento es una experiencia íntima y pretender inducirla es caer en un burdo proselitismo que, lejos de hacer brillar a su objeto, lo hace fenecer en opacidad. El verdadero encantamiento sale de las entrañas; sólo desde adentro podemos bañar de luz a los objetos exteriores. Eso nos hace caer en continua ceguera, nos hace pecar de una ofensiva indiferencia, pero no hay manera de ver lo que se encuentra fuera del margen y el código de nuestra propia mirada, de la misma forma en la que no hay manera de obligar al otro a ver, por más frustrante que nos resulte.

De aviones y catástrofes

Siempre me ha gustado viajar en avión. Pensarlos como grandes pájaros de metal, veloces pero a la vez torpes y ruidosos, me produce un corto circuito que me sorprende y desconcierta. Me gusta asomarme por la ventanilla y ver las ciudades como maquetas, encontrarles un orden que desde abajo resulta imperceptible. ¿Y qué me dicen de las nubes, esos fenómenos que más que naturales parecen surreales? Los aviones retan nuestra concepción espacio/tiempo, forjada sobre ruedas. Los aviones son futuristas y volar en ellos me llena la cabeza de metáforas.
Sin embargo, después de mi último viaje largo, algo cambió. En mi primera escala me detuvieron en aduana (porque aparentemente hay más de un criminal con mi apellido) y se me perdieron las maletas, en mi segunda estuve horas atrapada en el aeropuerto porque había una tormenta infame y, cuando por fin despegamos, una turbulencia violentísima me mantuvo durante todo el vuelo tensa y aferrada al asiento. Al final, después de 18 horas, llegué a mi destino exhausta, ojerosa y estresada. De regreso, casi pierdo el avión por una confusión de horarios y aunque alcancé mi vuelo, fue de puro milagro; luego en el transborde no alcancé la conexión y tuve que pasar la noche en un país cuyo idioma desconocía. Al día siguiente, justo antes de tomar mi último vuelo, vi una noticia en la televisión en la que aparecía un avión de mi misma aerolínea estrellándose. ¡Ya era el colmo! Cuando llegué a casa lo googleé y descubrí que en realidad era una noticia de aniversario y que no se había caído ningún avión ese día, pero mientras ya había hecho mi último viaje insegura, nerviosa y sin interés alguno por volver a despegarme de la tierra. Encima mis vacaciones habían sido problemáticas y me habían dejado un sabor amargo.
Desde ahí, sueño frecuentemente con aviones que se caen en el mar, que se prenden en llamas y desatan una histeria colectiva, sueño con familias que mueren frente a mis ojos, con la agonía de estar en medio del océano, aferrada a la vida, esperando un rescate.
Por todo esto, cuando este fin de semana me volví a subir a un avión, estaba más alterada que contenta y en los cincuenta minutos de recorrido no pude sino pensar en la muerte en todas sus variables.
No obstante, pensarlo me pareció de pronto insolente de mi parte, irrespetuoso para con las tragedias reales. Me di cuenta de que esos pensamientos apocalípticos, tomados en serio, no hacen otra cosa que subrayar el absurdo mismo de pensarlos. Y es que después de un evento así, las categorías se desdibujan. Antes, en mis fantasías análogas de muerte y destrucción, me gustaba al menos jugar a la heroína o a la muerta echada en falta, pero ponerse en ese lugar es no entender la magnitud e inefabilidad de la verdadera experiencia de muerte.
Es decir, si sobreviviera a un incidente semejante, ¿qué podría decirle a mis seres queridos después? Probablemente nada. ¿Haría llamadas de borracha de tragedia al llegar a casa? No lo creo, porque nada de lo que importa ahora desde la comodidad de mi vida pequeñoburguesa importaría entonces, tras haber sido testigo y víctima de una catástrofe de esa índole.
Los perdones, los tequieros y las confesiones pertenecen a la vida y es en ella en donde deben de ocurrir, en el día a día, sin necesitar de situaciones límites que reconfiguren tus prioridades o resquebrajen tus paradigmas, como sucede a menudo en las películas estadounidenses. Recurrir a ellas para reactivar el mecanismo de la vida, aun en la fantasía, es un oxímoron innecesario, porque las situaciones límites, cuando no son un pobre recurso literario, son la pura nada.

Dos tazas

Ahora que me pienso tomar más en serio esto del blog decidí rediseñarlo de una buena vez, le cambié de plantilla porque la pasada no me gustaba y me puse a buscarle una foto de cabecera que fuera más ad hoc. Encontré esta: la toma parcial de una chica sentada en un café. Sobre la mesa un libro, unos lentes y, claro, dos cafés. Me pareció icónica.

Yo dejé México a principios de septiembre de 2010 para estudiar mi máster en Madrid, que empezaría a mediados de octubre. Ese mes de margen lo usé para viajar con mi familia, de forma que, durante un mes se puede decir que no vivía ni allá ni acá. A la fecha lo pienso y me arrepiento de una sola cosa: la forma de expresar mis nervios, mi miedo, mi nostalgia y mi incertidumbre, era preocupándome por pendejadas.
Agradezco mucho a quien me acompañó en el proceso, porque la verdad es que desde un par de meses antes de mi partida, yo ya no era yo, yo era sólo una máquina de angustias que gastaba toda su energía en preocupaciones ociosas pero obsesivas: en la adquisición minuciosa de toda prenda u objeto que pudiera requerir, en la investigación fatídica de lo que me cabía esperar a mi llegada y en un continuo fantaseo apocalíptico.
Seamos francos: yo siempre he sido ese manojo de angustias. Pero esta vez era distinto, porque esta vez estaba todo volcado a lo material, lo que lo hacía más inmediato pero más vano. No decía, “tengo miedo a estar sola”, decía, “¿qué me voy a poner en mi primer día de clases?”; no decía, “te voy a extrañar”, decía, “¿qué voy a hacer con mis pastillas anticonceptivas?” Y ahí iba yo, llevándome entre las patas a mis personas más cercanas, al hombre que quería, a mis padres, sólo porque no podía pronunciar propiamente mi miedo, porque no sabía hacer otra cosa más que rodearlo con pragmatismos inútiles.
Pues bien, esa ansiedad infértil me acompañó también durante el viaje de septiembre. Pese a haber conocido grandes ciudades y fotografiado bellos paisajes en ese mes, en el fondo yo seguía estando sin estar, extrañando México y sobre todo, queriendo resolver mi vida con medidas absurdas.
En eso, entré en una tienda de souvenires. Estaba en Barcelona y frente a mí vi una taza que me encantó, con un diseño raro (que lo que tenía de cautivador lo tuvo de impráctico después), negra y con la ciudad dibujada en trazos blancos. Mi gusto por Barcelona justificaba, a mi parecer, mi compra, ¿qué mejor que una taza de recuerdo, que luego podría usar en mi nueva casa?
De pronto, el pensamiento que lo arruinó todo: ¡No podía comprar solo una taza! Tenía que comprar dos. Mi fantasía de lo que significaba vivir sola incluía poder invitar a un amigo a mi casa a tomar un té negro mientras charlábamos con los pies descalzos sobre el sillón. Pero para eso necesitaba dos tazas, ¿si no cómo? Comprar dos tazas era hacerle un hueco al porvenir, era empezar a forjar comunidad, reconocer mi deseo y poner el primer ladrillo sobre lo que quería que fuera mi vida.
Lo irónico, no obstante, era que esa segunda taza, lejos de significar la presencia de alguien más, significaba su ausencia. Tal como en la foto. Estaba todavía ceñida a alguien que no bebería nunca en esa taza y en respuesta, me ceñía imaginariamente a alguien que pudiera beber en ella, alguien aún inexistente, alguien, como aprendería más tarde, siempre inexistente. Comprarla en ese sentido era casi como abrazarme a mí misma.
Al final compré sólo una. Qué bueno. Para bien y para mal, como aprendería en los meses subsecuentes, de nada sirve tener la alacena llena de vajilla si no se le da primero lugar a la vida. Y la vida, intempestuosa e impredecible, no requiere de tazas, requiere, en todo caso, de personas.
Al final tomé té yo sola todo el año. Tuve un par de amigos, sí; pero ellos tomaban café y nunca en mi casa.

Parcialidad

Tal vez la duda sea, dentro de todas, la frustración a la que más me ha costado trabajo acostumbrarme. De pequeña estaba convencida de que todo tenía que tener una explicación, de que las variables eran limitadas, asequibles y, sobre todo, de que cuando no había una solución a un problema, era sólo porque no había sido vista.
Esta visión del mundo sentó las condiciones ideales para que en mi adolescencia fomentara todo tipo de relaciones obsesivas, pues todas parecían acabar antes de tiempo, en todas quedaba un nudo siempre por desatar, una pregunta por contestar, y eso era para mí razón suficiente para quedarme merodeando por la zona, especulando y persistiendo, refugiada en la secreta convicción —aunque cada vez más débil— de que debía de haber una salida con sentido.
Sin embargo, el devenir termina siempre por imponerse, y antes cambié de color de pelo y de creencia, que encontrar el resultado a esos enigmas. Me acostumbré, pues, a la parcialidad, a que hubiera cosas que se quedaran a medias, a que la injusticia no obedeciera a ningún malentendido comprensible sino que fuera sólo la consecuencia natural de dos idiosincrasias chocando, de dos neurosis mostrando los dientes y al final, del puro, inerte y temperamental paso del tiempo.
Aprendí a llamar madurez al hecho de poder cerrar la puerta del armario antes de discernir si el monstruo tiene una o tres cabezas. Aprendí que el pragmatismo es otra cara de la supervivencia y que persistir en la duda es coquetear con la muerte, esa fuerza inmóvil. Aprendí, en pocas palabras, a seguir con mi vida, pasara lo que pasara.
No obstante, a veces todavía me invade esa sensación de que algo está roto, incompleto, de que falta una pieza que bien convendría encontrar. Y entonces sucumbo a la tentación del sentido y sueño con una conversación que lo explica todo, me quiebro los sesos, reconstruyo episodios, pido consejos.
Es una recaída que desdeño y que si aparece es sólo porque a veces, todavía, hay días en los que tengo fiebre, estoy triste o me siento sola. Llega habitualmente por las mañanas, justo al abrir los ojos, cuando despierto de golpe de ese otro mundo en donde todo sigue pasando, en donde aparece él, ella y todos mis fantasmas; ahí, frente a mí, existiendo como quien tiene derecho, discutiendo, haciendo el amor, riéndose con irreverente desobediencia.
En esos minutos de desorientación y reajuste a la vigilia, el mundo me parece tan redondo y las redes causales y lingüísticas tan perfectamente trazadas que me cuesta creer que no haya un sentido subrepticio, una respuesta. Y entonces siento un hueco en el pecho. Y me doy de topes.
Tal fenómeno me ocurrió hoy en la mañana tras una noche agitada de sueños. Pensé en lo empolvado que parecía ya mi ex en mi memoria y en lo triste y al mismo tiempo emancipador que eso resultaba. Luego pensé con ternura en un amigo muy querido del que me despediré en octubre, mes en el que me regresaré a México, mi país de origen, después de haber estado un año viviendo en la entrañable Madrid.
Me invadió un sentimiento profundísimo de pérdida. Al final todo pasa y nada queda. Pero lo curioso fue que esta vez ese sentimiento no venía plagado de desamparo, sino que, por el contrario, estaba acompañado de cierta paz: la paz que produce la bastedad.
Todo es parcialidad porque lo que hay, en el mundo y en las personas, es bastedad. El infinito se abre en cada encuentro y, en consecuencia, cuando te alejas de ese infinito queda un hoyo negro en su lugar, pero…, ¿no es ese hoyo precisamente su garantía? El sentido no se desploma, sino que se reafirma en esa pérdida, porque nos recuerda que todo está vivo, que todo se escabulle y se distiende, que hay de sobra.
Entonces de pronto entiendo. La parcialidad está en lo único, en lo irrepetible. Nunca más habrá un hombre que me someta a esa amnesia eufórica deliciosa a la que me sometía Rodrigo, ni que me haga piojito como Borja, ni que me haga sentir tan apoyada como Fernando. Nunca más tendré una certeza tan ciega como la tuve con Oscar, ni una guerra tan pasional como la que viví con Gabriel. Y es justo esa cualidad de no retorno la que hace que todo valga tanto la pena.
El verdadero peligro es el contrario: la totalidad. Yo una vez fui todo para alguien, ¡ah, que si no lo era! Y era una caricia al ego y una estela de orgullo y de seguridad que todo lo cubría. Pero por lo mismo, bastó que yo tuviera una vida lejos, bastó que él supiera que alguien más podía gemirle al oído y sonreír de lado de una forma en la que yo no lo hacía, para que lo nuestro, y más aún, para que yo me resquebrajara.
Porque es claro que yo no puedo serlo todo. Porque él tampoco podía serlo. Quisiéramos, en nuestro pensamiento mágico, trazar una ruta siempre hacia adelante, quisiéramos que los bienes fueran acumulativos y yo quisiera soñar con un hombre que además de tenerla tan grande como *me censuro*, tuviera la cultura de Adolfo y la lealtad de Francisco. Hasta parece chiste.
Por eso, cuando llega la hora de elegir entre vivir en totalidad o vivir en parcialidad y pérdida, elijo la parcialidad, mil veces la parcialidad, siempre. Porque la parcialidad no necesita destruir a otros para ser uno, es uno como otros; porque la parcialidad es justa en sus cabos sueltos. Si quedan cosas sin resolver es porque detrás de ellas, hay un mundo.
Nadie debería de competir con el pasado de nadie, nadie debería de necesitar socavar las virtudes del otro para existir, ni limitarse a la versión más inteligible de sí mismo, la que se abarca con palabras.
Y eso se aprende con los años. Aquel chico de mis conflictos terminará su relación y comenzará otra, y luego otra. Y tal vez entonces, cuando, como diría Sabina, tenga un doctorado en lencería, pueda herirle menos la fisura de la experiencia y los límites de su subjetividad no le crispen más los nervios. Tal vez entonces pueda pensar en los lunares de mi piel o en la risa de María Luisa o en los senos de Ana o en la astucia de Julieta, sin sentir más la necesidad de destruirlo o devorarlo, sin sentirse amenazado por su totalidad, tan parcial siempre.