Sinónimos emocionales

Descubro con terror pero sin mucho asombro que a costa de hábito y de condicionamiento tengo preconfigurados en mi interior lo que he denominado ‘sinónimos emocionales’. Este fenómeno, por lo demás, se me antoja común y sospecho que es un mal del que padecen la mayoría de las personas. No obstante, descubrirlo en mí me ha dejado un resabio de debilidad y de triste desconfianza.
¿Pero a qué me refiero exactamente? Muy sencillo: a que cuando aparece un sentimiento automáticamente se vincula con otro sentimiento, hasta que, con el tiempo, uno se hace pasar por el otro, se convierte en su sinónimo y termina por reemplazarlo.
Un clásico ejemplo es cuando una pareja pelea mucho y la forma que tienen de decir “no te enojes” es decir “te amo”. Claro, en principio el nexo entre estas dos proposiciones tiene sentido: la razón por la que uno no quiere que se enoje el otro es porque le interesa la relación, porque quiere a la otra persona. Pero puede ocurrir que, con el tiempo, ese “te amo” salga de forma tan automática en cada problema amoroso que acabe por perder significado por sí mismo. Y entonces se empiezan a decir “te amo” sin decir “te amo”. Luego, cuando tiempo después logran reconocer que el amor entre ellos está muerto, son incapaces de determinar el momento exacto en que eso ocurrió, porque los te amos que se decían parecían muy verdaderos, y de hecho lo eran, pero lo eran sólo en tanto “no te enojes” y no en tanto te amos.
Otro ejemplo simple de índole personal es que yo, durante muchos años, cuando alguien me molestaba, decía “¡ya Pablo!”, porque Pablo es el nombre de mi hermano y yo estaba condicionada a relacionar ser molestada con estar peleando con mi hermano.
El problema de los sinónimos es que son sustitutos fáciles que desdibujan el sentido concreto de cada palabra. El problema es que nos hacen pasar gato por liebre, y tan contentos.
¿Que cuales son mis sinónimos emocionales actuales? Uno, es sentir displacer y pensar en muerte: comúnmente confundo el hartazgo o la incomodidad o la decepción con las ganas de morirme. Otro, es sentir confort y pensar en cariño, u oler problemas y sentir culpa. Los más personales me los reservo.
Sinónimos que no son sinónimos. Sinónimos que dificultan la comunicación con uno mismo y con los otros.

Cansancio [Girondo]

Untitled from Mariana Pedroza on Vimeo.

 

Y de los replanteos
y recontradicciones
y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado
y de los repropósitos
y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables
y del revés y del derecho
y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios
y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos
recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos
repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje
y treta terca en tetas
y recomienzo erecto
y reconcubitedio
y reconcubicórneo sin remedio
y tara vana en ansia de alta resonancia
y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario
y poro loco
y parco espasmo enano
y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico
cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos
de tanto error errante
y queja quena
y desatino tísico
y ufano urbano bípedo hidefalo
escombro caminante
por vicio y sino y tipo y líbido y oficio
recansadísimo
de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea
y de la revirgísima inocencia
y de los instintitos perversitos
y de las ideítas reputitas
y de las ideonas reputonas
y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias
desde qué mares padres
y lunares mareas de resonancias huecas
y madres playas cálidas de hastío de alas calmas
sempiternísimamente archicansado
en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio
remeditativo o remetafísico y reartístico típico
y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua
y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas
y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento
y al silencio.

Promesa

Hoy me topé con un blog particularmente bueno. En realidad ya le había echado un ojo en alguna ocasión anterior, pero hoy volví a él y leí un post grandioso, cargado de imágenes, evocador. No les doy la dirección porque soy tímida y me da vergüenza elogiar a la gente en público, se me hace que suena artificial. De cualquier manera, esa sensación que me transmitió de admiración y a la vez de ganas de escribir es una sensación que he sentido mucho últimamente, leyendo sobre todo a una tuitera a la que tampoco arrobaré.

La pregunta es: ¿Por qué no le hago caso al impulso? Sólo tengo un impedimento inmediato: la tesis. En realidad, en sentido estricto no es un impedimento porque soy muy buena dejándola a un lado, pero por esa misma razón requiero prohibirme cosas como escribir para no dejarme más remedio que ocuparme de lo mío.

Pero en menos de un mes dejaré de tener un pretexto y cuando llegue ese momento quiero de verdad comprometerme con escribir por acá y por donde se pueda. Tómenlo como una promesa. Y aunque sabemos que las promesas se rompen todo el tiempo, el hombre es el animal que promete (como diría Nietzsche) y yo planeo humanizarme en esta ocasión a través de ustedes.

Mientras tanto, deseénme concentración y rigor para la fastidiosa faena que me espera.

Perder el avión

Y como todavía no acabo de decidir a qué voy a dedicar este espacio, hoy lo dedicaré a contar un sueño.

Soñé que era el día en que me tenía que regresar a México, estaba dentro del aeropuerto y era ya casi mi hora de abordaje, pero yo, en vez de estar en la sala de espera, estaba con un amigo en un cuarto de hotel dentro del mismo aeropuerto recogiendo todas mis cosas en chinga, guardándolas por las malas en mi maleta, alteradísima. Preguntaba por la hora: faltaban nueve minutos, pero en vez de pararme e irme yo seguía recogiendo todo apresuradamente hasta que, cuando menos veía, ya iba diez minutos tarde. El resto, una carrera a toda velocidad por todo el aeropuerto, mi amigo detrás de mí con mi maleta. Me tropezaba con personas, saltaba cosas, sorteaba pasillos bloqueados y sólo repetía en voz baja, completamente angustiada: “por favor, por favor, por favor que todavía sea la hora”. En el camino le daba a mi amigo la llave del cuarto para que volviera a recoger las cosas que me había faltado guardar, seguíamos corriendo y cuando por fin llegábamos a la puerta de abordaje, la señorita azafata acababa de cerrar la puerta y me decía: “lo siento, ya no se admiten pasajeros”.

Me desperté de un salto. Suena tonto pero por más que estoy habituada a los malos sueños, casi nunca me despiertan. Este era distinto, tenía un monto de angustia nuevo. Con trabajos me volví a dormir y tuve otros dos sueños:

En el primero tenía una enfermedad rarísima y me estaban tratando por ella, me veían la garganta, me inyectaban, me llevaban a un lugar aislado. La mujer que me atendía era una mulata muy amable, mis padres no confiaban en ella porque no era médica, yo sí. Sentía cierto heroísmo frente a mi enfermedad rara que incluía ganglios inflamados que actualmente tengo.

El segundo era un remix del sueño del avión. Ahora los que me retrasaban eran mis padres que estaban comprando cosas en un mercado de pulgas, tenía el tiempo encima y estaba estresada, tenía todavía que tomar un autobús, suplicaba en silencio por llegar a tiempo a mi vuelo. Ya no sé qué pasaba al final.

Ya en la mañana me puse a pensar en ese sueño. Lo primero que hay que decir es que la situación es análoga a una que viví hace menos de un mes: había hecho un viaje en secreto para ver a alguien y ya era hora de volver, pero se me cruzaron las horas y cuando menos me di cuenta estaba a punto de perder mi vuelo, así que hice mi maleta rápido y mal, tomé un taxi en medio de una crisis nerviosa, en el camino hice negociaciones imaginarias con un dios en el que no creo y de puro milagro llegué. Y es que estaba muy lejos de casa, el dinero se me había acabado, estaba ahí “de contrabando” y si hubiera perdido el vuelo habría ardido Troya de formas inimaginables. Como sea, llegué, pero con todo y todo el viaje en general me dejó un resabio traumático, porque estaba planeado para ser una bonita sorpresa y resultó ser una odisea angustiosa con un mal final.

Así que cuando sueño esto en lo primero que pienso es en ese viaje. Es lo mismo pero al revés: en un caso me estoy queriendo ir, en otro estoy queriendo regresar. ¡Pero qué autosabotaje, qué resistencia para dar el salto que supuestamente quiero dar! Las horas no tendrían por qué confundirse, ¿y perder el vuelo así en el sueño? ¡Casi parece voluntario! Pareciera que me resisto a regresar a aquel lugar que es propio y que es ajeno, Madrid o México según el caso, mis dos limbos, mis dos hogares: uno vacío pero cálido, otro lleno pero inhóspito.

Luego, el asunto de las cosas. En mi viaje (el real) dejé un montón de cosas, cosas que ahora son mi lastre porque tengo que recuperarlas de alguna manera. Y en el sueño parezco obsesionada con no dejar nada, por eso me retraso, y sin embargo, ¡dejo cosas! Tan nunca acabo de irme que nunca hago bien mis maletas, que voy dejando cosas en todos los lugares, cosas pendientes, cosas que me atan y no me dejan pasar a lo siguiente. ¡Carajo, así no puedo irme de ningún lado, así no puedo llegar a ningún otro!

Se me antoja también otra lectura: mi duelo actual consiste, metafóricamente, en un avión que he perdido. Y quizás de ahí tal cantidad angustia, no es sólo mi miedo de regresar, es también la dolorosa frustración de llegar corriendo y sin pulmones, esperanzada y con los dedos cruzados, para ver cómo la puerta de abordaje se me cierra en la cara. Y kaputt, en un segundo acaba el esfuerzo y la carrera.

Mas no podemos negar que yo fui la que me entretuve en un cuarto de hotel con un amigo, aunque fuera queriendo no dejar nada y aunque quisiera irme desde el principio. Eso siguiendo la lógica del sueño, claro está, que evidentemente se engarza con otras lógicas más complejas y menos binarias, lógicas que habríamos de contemplar en caso de que quisiéramos atribuirle verdad a esta interpretación. De momento, sólo pensamientos.

La peligrosa hermenéutica

Pocas cosas me molestan más que cuando la gente toma demasiado literal lo que tuiteo y lo extrapola, cuando es incapaz de discernir que medios como Twitter tienen un carácter lúdico-retórico y que aunque habitualmente se esconden en él pizcas de verdad, es una verdad que requiere ser depurada.

Me molesta que mis conocidos utilicen mi discurso libre para hacer inferencias de peso sobre mi vida personal y que asuman de la nada cosas como que tengo un amante, como que no me gusta mi vida o que ya de plano se pongan el saco y protesten por X o Y tuit que, a su parecer y con certeza, “trata de ellos”. Me molesta porque es falso y porque me coarta la libertad para escribir.

Sin embargo, no los voy a engañar: yo lo hago todo el tiempo. No en general, pero sí cuando me tropiezo con mi propio talón de Aquiles, cuando estoy buscando respuestas y no las encuentro en ningún otro lado, entonces pasa que me topo con algún tuit que puede esclarecer mis dudas o sosegar mis tormentas y, si nadie me está viendo, con disimulo o como no queriendo la cosa, comienzo a interpretar.

El juego es peligroso y la mayoría de las veces lejos de sosegar mis tormentas las reavivan, pero quien juega esta ruleta rusa acepta las reglas: no reclamar, saber que lo extraído de ahí no será válido en ningún tribunal y atenerse a las consecuencias.

Pero la pregunta es: ¿por qué lo hago si yo misma sé de la poca fiabilidad de esas deducciones? La respuesta no la sé de cierto, supongo que influyen mucho mis ansias y mi urgencia por aclarar el panorama, pero más allá de eso, nos encontramos con un problema filosófico gordo y harto tratado: en todo intento de comunicarnos interpretamos y toda interpretación tiene margen de error.

Visto así, el delito no está tanto en interpretar como en el peso que le damos a nuestras propias interpretaciones. El delito está en dar por terminado el proceso hermenéutico antes de que el otro diga “sí, iba por ahí”, o “no, te equivocas”.

Ahora bien, cuando el otro de hecho está ahí para hacer eso, entonces no hay problema, (aunque si el otro está ahí, ¿para qué recurrir a medios tergiversados como Twitter?) pero el verdadero problema surge cuando el otro no está ahí, pues en ese caso la interpretación no puede llegar a su culmen, no puede ser afirmada o refutada y eso deriva en una práctica ociosa y, si uno se descuida, megalómana o masoquista.

Así que si uno no quiere acabar con un ataque de nervios en esto de los ejercicios hermenéuticos es importante asegurarse de que las cosas se queden en el ámbito al que pertenecen. El caso de Twitter es como los sueños: puro contenido, puro símbolo, muy cargado pero vacío si el soñador no lo significa. Así que si vamos a buscar un diálogo mi sugerencia es que sea con un interlocutor que de hecho pueda replicar, en vez de sólo buscar complicidad fantasma de nuestras propias chaquetas mentales en frases soltadas al aire.

Disertaciones autopoiéticas

El otro día charlaba con X sobre esta concepción un poco abstracta de “ser cada vez mejor”. Él se reía de mí porque decía que era una perfeccionista, con todo lo que eso implicaba: que creía en mejores y en peores, que creía en el progreso y en la evolución y que creía, en resumen, en todos esos ideales trasnochados propios de la modernidad y del positivismo.

Y yo me reí con él porque sí, tenía razón. Si no creyera en eso podría desechar con la mano en la cintura mi autocriticidad y definitivamente no hubiera escogido el camino del psicoanálisis, que siempre tiene un tinte redentor. Sin embargo, me parece ingenuo de parte del nihilista olvidar que todos tenemos una idea de bien, pues de no tenerla todo sería azar e indiferencia y caos; y visto así, yo no soy tan distinta al resto cuando busco, a mi manera y con mi propia balanza, alcanzar la idea de bien que yo persigo.

Así que, tras quedarme un par de minutos callada al lado de X pensando en todo esto, repliqué:

En todo caso, lo peligroso de dicha pretensión consistiría en 1) pretenderlo universal y 2) pensarlo así, de forma vacía, «ser mejor», como si tal cosa existiera por sí misma.

Pretenderlo universal es peligroso porque implica poner tus ideales por encima de los demás, y eso históricamente ha dado lugar a movimientos monstruosos tales como el nazismo. Al respecto, yo no diré que no universalizaría mis ideales si pudiera, porque no es del todo verdad, sólo diré que en todo caso no me siento —afortunadamente— con la jurisprudencia de imponerlos, ni me interesa.

Pero el otro punto tiene más jiribilla. El problema de querer ser mejor «en general» es que es ficticio; es emprender una batalla contra molinos, es pensarse sin referentes. Querer ser mejor en abstracto sólo nutre al sadismo superyóico y sienta un terreno fértil para volverse intolerante al error y a la frustración, lo que, a la larga, nos vuelve incompetentes para la felicidad.

Esto me llevó a la pregunta: ¿qué es para mí, entonces, «ser mejor»? Llegué a dos conclusiones que, ingenuas o no, constituyen el núcleo de mi obsesivo trabajo autopoiético y en las que creo completamente.

1. Sufrir lo menos posible. O sea, procurar desactivar la inercia del sufrimiento en la que estamos sumergidos desde que nacemos, trabajar para no cargar con fantasmas del pasado, padecerse a sí mismo de la forma menos tormentosa posible, y, en resumen, hacer todo lo que está en nuestras manos para fluir con nuestra vida.

2. Domeñar las cualidades que coartan la convivencia con los otros. O sea, autodomesticarse. Esta es más compleja, por aquello de que hay rotos para descosidos, es decir, por aquello de que siempre nos las ingeniamos para relacionarnos aún si es disfuncionalmente. No obstante, creo que cualquier persona con un mínimo de autoconciencia es capaz de identificar características suyas que dificultan la tarea de relacionarse con otros. En mi caso, por ejemplo, es un radical egocentrismo, en el de X es un humor del carajo, y así, cada quien tendrá las suyas. Sólo amaestrándolas, sólo sabiéndolas evitables y encontrándoles salidas más o menos adaptativas, podemos llegar a construirnos un futuro en el que podamos compartir armoniosamente nuestra vida con alguien, lo cual yo creo que es algo deseable para casi todo mundo, y si no, al menos servirá para no andar matando al perro de los vecinos o peleándose con cada compañero laboral.

El por qué.

Y aquí es donde supuestamente tengo que decir cuáles son mis intenciones con este blog. El problema con el que me encuentro es que tras haber pasado ya por otros blogs, por otros proyectos de escritura y por la vida misma, el discurso yóico se me ha desgastado. No me produce el menor entusiasmo empezar a hablar de cómo para mí escribir es…, o de cómo yo en este momento soy…, o de cómo quiero que…, pero si no hablo de esas cosas, ¿cómo puedo llegar a hablar del objetivo de este blog, si tal objetivo (en el caso hipotético de que haya uno claro) es sólo el producto natural de todos esos discurso yóicos?

Así que sólo sentaré las bases, de pasadita:

1. Le estaba escribiendo cien cartas a alguien y en el número cincuenta y cinco hubo una hecatombe. La hecatombe, si somos francos, comenzó meses antes de la primera carta, pero uno es obstinado y ya saben, el pan de cada día. Como sea, de pronto mis palabras quedaron sin dueño y sin espacio y dado que escribir es casi lo único que hago tenía que encontrar una resolución. Primero pensé en acabar de escribir las siguientes cuarenta y cinco cartas aunque no llegaran a su destinatario, pero pronto deseché la idea porque no dejaba de tener un matiz masoquista y no tenía ganas de jugar ese papel (no de forma oficial, al menos). Así que saqué mi libreta, que era donde escribía antes de las cartas, e intenté empezar a escribir ahí, pero escribir ahí es el puro solipsismo, el monólogo encerrado y dadas mis condiciones actuales me resultó asfixiante. Entonces recordé: «una vez tuve un blog…» Y abrí éste.

2. En el párrafo anterior puse “dadas mis condiciones actuales”. Ustedes se preguntarán, ¿cuáles son esas condiciones? Pues verán: vivo en Madrid, antes vivía con rumis pero como es verano ahora me he quedado sola, tengo que escribir mi tesis de maestría y no voy nada bien en eso, tengo sólo un amigo en la ciudad, mucho tiempo libre y un bajón de ánimo de esos impúdicos que incluyen ponerse a llorar a la mitad de una conversación y cosas semejantes. Paralelamente, en dos meses exactos regreso a mi ciudad natal, el DF,  y regreso sin empleo, por lo que tendré que volver a vivir en casa de mis padres en lo que me consigo uno. Apliqué a dos becas literarias que son mi máximo anhelo, pero lo son como lo es para la gente ganarse la lotería. Y en resumen tengo pánico de regresar y hastío de estar aquí. En este momento mi vida es pura incertidumbre y si le agregamos el drama de las cartas truncadas (que eran además una de mis razones para volver), obtenemos el combo completo de un momento crítico. Así que abro un blog como quien se pinta un amigo, esperando que me sirva de salvavidas, al menos para contrarrestar un poco mis impulsos autodestructivos, que no son pocos.

3. Aunque antes de la crisis ya llevaba meses coqueteando con la idea de reabrir un blog. Incluso quise desempolvar los dos anteriores, pero eran de una yo muy joven y creo que es mejor que se queden como recuerdos en la esfera cibernética. El caso es que tengo opiniones de cosas, como todos, y como todos creo que merecen un espacio y que son interesantes. Así que, para ya acabar, abro este blog no para hablar de mí, sino para hablar de cosas (en principio), pero no se podía hablar de cosas sin empezar por hablar de mí. Aunque el problema de eso ya lo sabemos: una vez que empiezas no acabas.