Mansplainer

MANSPLAINER
El otro día, por azares de la vida, acabé tomando café con un mansplainer. A diferencia de otras mujeres, a mí no me enfadó particularmente ni me sentí con la necesidad de imponerle mi discurso, evidenciarle su atropello o aclararle que yo-también-sabía; al final, no lo legitimaba como interlocutor y ahorrarme la exhortación me permitía disfrutar de la mañana soleada y entretenerme analizando su estructura discursiva. Para su deleite, hasta anoté un par de bibliografías que él mencionó y agradecí mucho antes de subirme a mi bici y perderme entre las calles.
Pero lo que más me llamó la atención fue en qué alto concepto me tenía él. Se desvivía en halagos sobre lo lista y sensible que yo era, etcétera. Era como ser una especie de diosa de mármol, a la que no se le escucha –cómo escuchar a una piedra– pero a la que imaginariamente se le dota de toda clase de atributos y se le dejan flores en los pies.
Me enterneció su avidez por mostrarse ante mí y la necesidad que tenía de que yo viera todo lo que él era y sabía, todo lo que él tenía para ofrecerme. Su soliloquio de sabihondo se sentía ante todo como una imploración, como quien dijera: sé mi espejo, te lo suplico, devuélveme un reflejo que me redima.
Y bueno, quién no ha buscado salvarse así, asomándose a los ojos de los otros para verse a sí mismo, engrandecido.
PD. Creo que estaré escribiendo otra vez por acá. Tengo ganas de recuperar mi voz más anecdótica.
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Fallas

No sé, siento algo de alivio por no tener a nadie lo suficientemente cerca como para defraudarlo. Luego pienso en lo severo que debe de ser mi gran Otro como para que su proximidad me produzca siempre la misma sensación de estarle fallando.

Al mismo tiempo veo a la gente ser, pelearse consigo misma, ir y venir, caer, dudar, ser sensible y torpe y hermosa, con su corazón de barro húmedo y sus contradicciones y sus pasos dubitativos. Veo a la gente ser y siento un amor profundo. Ejerzo mi profesión con amor y a menudo recuerdo también con amor a quien me recuerda con recelo.

No es que tenga «buenos sentimientos» –no sé si pueda haber moralidad en la intimidad de los afectos–, es algo más superficial, casi estético: la humanidad del otro me conmueve en su negociación constante entre su belleza y su caos, su herida y su deseo.

¿Por qué entonces yo no puedo ser una otra para mí misma? Me he equivocado en repetidas ocasiones, pero de algo estoy segura: si pudiera verme desde afuera no me sentiría defraudada y hasta podría ver con ternura mis desatinos; porque yo, como el resto, estoy viva y camino sin mapa.

No necesito (no quiero necesitar) más espejos incapaces de perdonar, de perdonarse. Finalmente no me atrevería a decir que hay pasos en falso: todo invita a brotar.

Estática

Me gusta creer, en este momento en el que no logro verme la luz, que el resto será más fácil. Siempre hay nuevos pisos desde dónde caer, por supuesto, pero hasta para tener mala suerte se requiere un poco de buena suerte.

Y es que es distinto que otras veces. No creo que el mundo se esté acabando, por el contrario, veo al mundo moviéndose lento como una babosa, ciego y amoral. Veo al mundo moviéndose y yo aquí, sin poder escuchar el latido de mi propio corazón. Es sólo eso: una sordera y la espesura del tiempo.

Luego me asomo por la ventana. Escribo cartas que nunca mando, hablo con mis fantasmas antes de ir a dormir, saco a la perra y dejo que le dé cuerda al día. Soy lo contrario a una suicida y eso también me consume la vida.

No diré que no sigo anhelando un desenlace distinto –abrazo, palabra, risa, redención–, pero con o sin éste la babosa seguirá andando y tarde o temprano esta historia terminará por desbordarse. Cuando eso suceda, espero estar lista para devenir otra y sostenerme en pie pese a mí, pese a ti, pese al mundo. Y entonces sí, empezar a escuchar.

Contemplación

Estaba leyendo un poema y de pronto fue como entender un colibrí o algo que se mueve rápido y pesa poco y se muere pronto.
 
Me dieron ganas de llorar. No acostumbro entender cosas ligeras.
 
¿Y si el saber no tiene que parirse, si se desgrana de tan lleno y tan jugoso?
 
Dije saber pero pude haber dicho vida.
 
Las dádivas de la contemplación son un mito hasta que un día, quién sabe a causa de qué destino o accidente, se para una catarina en tu mano y te das cuenta que estás listo para entenderla. O hasta que alguien habla y por primera vez, escuchas.
 
El arte es un intento de enjuagarse los sentidos.

Desacomodo

Como no tengo nada claro qué decir, mejor no digo nada. Salvo porque en mi cabeza las palabras siguen apareciendo, sin descanso, intentando acomodarse.

La verdad nos hará libres, dice la Biblia, lo que no termina por quedar claro es si la verdad es verbal. Tal vez la verdad llega cuando aprendemos a callarnos desde el centro. Tal vez la verdad es el puro despliegue de los hechos, sin intención, sin certeza, sin matiz, sin réplica.

No sé, a veces escribir se parece a cantarse a uno mismo una canción de cuna. Entonces escribir se siente como algo verdadero, aunque todo lo que se escriba sea falso y, aunque al cerrar el cuaderno, todo se desacomode otra vez.

¿Por qué incomoda tanto el desacomodo? Detrás de esta nube densa de significantes, un perro duerme y hace sol y todas esas cosas. Pero la nube, pero la palabra. Cómo echo de menos todasesascosas.

 

Punto cero

Cuando intento ser comprensiva intento ponerme en un punto cero; es decir, como si mi subjetividad no existiera, como si estuviera viendo el fenómeno de veras, sin toda esa estela de sentimientos, afectaciones y deseos. Por qué hacen los otros las cosas, desde dónde están hablando o actuando, etcétera.

El tema es que eso me ha dado muchos problemas. Como por ejemplo, el de aguantar; es decir, el de no escuchar mi subjetividad que dice corre, que dice basta o que dice auch, únicamente porque –según yo– estoy comprendiendo desde dónde habla el otro, y eso me quita el derecho a la reactividad.

Me ha dado también el don de la culpa, cuando me doy cuenta en retroactivo que aquello que según yo estaba haciendo con consideración, desde ese ideal punto cero de máximo respeto, en realidad lo estaba haciendo desde mí, con mis puntos ciegos, mis búsquedas, mis limitantes. Culpa por los fenómenos de mi propia subjetividad, de su despliegue, desconsiderado de suyo, al no estar en función de los otros sino de mi propio pathos.

Lo que nos lleva al tema del perdón. Perdón por ser, pareciera ser el mensaje de fondo. Perdón por mi cuerpo que flota entre los equilibrios contrarios. Es momento, Mariana, de que nos perdones. Soltar es aceptar que eres, renunciar al punto cero y simplemente empezar a ser. Las olas que de ello se desprendan, no tienen que destruir ninguna costa. Y si la destruyen, ya habrá corales nuevos, en el fondo. No sólo eso: las olas también pueden ser hermosas.