Miradas prestadas

No siempre sé lo que busco cuando busco mostrarme frente a un amigo, sentarlo a mi lado para que me mire equivocarme, hablarle. Supongo que busco algún tipo de generosidad, algo ligero, una respuesta templada y sin alarma que me permita amortiguar mi severidad para conmigo.

Busco su impavidez para luego convencerme de que en ese momento esa persona sabe del mundo más que yo y de que la vida continúa detrás de mi nube de polvo. Como si no pudiera perdonarme –no importa por qué, la falta precede toda historia– pero estuviera dispuesta a rodearme de quienes sí pueden hacerlo y bañarme en su fe, en su paciencia.

Salvo porque a veces no pueden. Hay soledades que, fieles a su naturaleza, son inaccesibles; como la del odio a uno mismo, ese que uno guarda debajo de capas y capas de tristeza, inseguridad y miedo. Cuando se está ahí, todo intento de encuentro con el otro se vuelve un malabar burdo y cansa, en todas direcciones.

Este texto inició como una carta para un amigo. Desistí porque recién soñé que lo besaba y he de pagar con silencio el crimen de quererlo un poquito más cerca. Pero también porque –me gusta creer– empiezo a bañarme en mi propia fe cuando en medio de la noche creo posible cobijarme sin miradas prestadas.

Ventanas de otredad

Hay momentos brevísimos en los que tengo la certeza de experimentar en carne propia cómo se siente el otro, sobre todo cuando éste se quiere esconder y por alguna porfía de la individualidad termina por mostrarse, en un desliz, para luego prender un cigarro y cambiar la conversación.

Entonces me mareo, me dan náuseas y me frustro muchísimo por no ser dios y no poder desenredar esos nervios dolientes. Me frustro por egolatría —temo nunca acostumbrarme a ser una mera espectadora— pero también por amor: qué más daría yo para sanar su alma, que en esos momentos también es la mía y me duele en el propio pecho.

Vanidosa como soy, a veces aprovecho esas ventanas de privilegio para mirarme de reojo y ver desde ahí el tiempo que yo también habito, la fotografía que el otro toma de mi danza distraída por el cuarto y claro, el dolor que le causo. En ese momento la ventana se cierra, mi empatía se esfuma y me quedo sólo con un resabio de vergüenza y amargura.

Con qué frecuencia caigo por mi boca. ¿Qué he dicho, qué he sugerido en bromas, a quién he callado sin querer y a quién he devaluado un poco, nada grave, apenas lo suficiente para hacerlo reacomodarse incómodo en su asiento y pensárselo dos veces antes de volver a abrirse?

No diré que no me amarga cuando me toma desprevenida mi propia estupidez. Me amarga aún más cuando yo la había visto cándida y ligera hasta que recibe una respuesta mordaz y sólo entonces puedo ver reflejada mi propia mordacidad. Y me amarga también que no haya tiempo para corolarios, que toda aclaración esté de más una vez cometida la falta. Que la cercanía tenga tantos recovecos de resentimiento.

Y cuando la gente es generosa y no lleva la cuenta, no me amarga pero me quiebra; vengo de una educación con represalias.

¿Tiene salida esta encrucijada? Pasan por mi cabeza palabras redentoras, como aprendizaje, como compartir. Ninguna me convence por ahora, pero seamos francos, mañana volveré a encontrarme con un otro y espero que su paciencia sea benévola conmigo y que mi comprensión me alcance para no entornarle los ojos y pretextar un plan alterno, fugitivo.

 

¿Pero quién reza por el diablo?

Entiendo el gusto por las calles ordenadas, por las mesas limpias, por los acertijos y las promesas de absolución. Entiendo la paz que dan los animales domesticados y la emoción de descubrir quién es el asesino de la historia. Soy filósofa y he adquirido el gusto por el discernimiento modesto y constante. He admirado jardines de diseño y laberintos tridimensionales. He sentido el más delicioso deleite de hablar, y he hablado.

No obstante, también he anidado en dudas que carcomen. He prolongado conversaciones más de la cuenta y he deseado raparme. Y mudarme. Y quemar mi casa. He sido esclava por años de mi boca y de esa afición tan mía por dejar las cosas claras, por encontrar el calcetín perdido y aterrizar con gracia.

Y creo que ya me cansé. Recién vengo de una historia rota y todos parecen tener una opinión al respecto. Pues déjenme les digo: mienten. Miente la causalidad y miente el tiempo. Mienten las condenas, mienten las ofensas, mienten las heridas. No hay nada qué decir porque no hay orden qué defender. Hay flores y algunas marchitas. Hay peces resbalosos, hay lodo, hay raíces brotando de la tierra muerta, pero no hay orden, no hay moral, no hay historia más que fragmentada.

Dígase de la vida lo siguiente: no hay cuerpo alguno detrás del velo. El péndulo de la mente alterna entre el sentido y el sinsentido —decía Jung—, y ahí en medio, nuestra casa de campaña.

Repetición

Anoche tuve la impresión de estar accediendo a una realidad esquemática. Lacan habría estado orgulloso de mí. Todos nos repetíamos, compulsivamente, buscando el tesoro perdido de nuestra infancia. Nuestros pequeños resentimientos y deformidades confirmadas por los ojos de los ojos eran una telaraña invisible en la que caíamos una y otra vez.

Entre merecer y no merecer, quitarse la ropa. Entre merecer y no merecer, proferir fatigosas peroratas, ser crueles, maquillarse de más y cerrar las puertas. Los nombres propios eran sólo velos: no hay individualidad en la repetición. Nada es personal.

Concluí tristemente que sólo podemos ser nosotros mismos cuando no tenemos el corazón herido. Digo tristemente porque mi corazón está herido y se reafirma con torpeza. Digo tristemente por todas las veces que hemos de caer en el tobogán de carencias ajenas, en la repetición compulsiva de hombres y mujeres a los que no les cantaron de niños.

Tristemente, eso también es hermoso. Hombros rozándose, lágrimas en la camisa ajena, palabras deshaciéndose y preguntas que intentan responderse una y otra vez. Dónde sería posible el amor si no.

Espera

Que el mundo espere un poco. Que aprenda a sentarse en la banqueta a esperar como los niños y los pobres. No le va a hacer mal. Sé que R. busca mi perdón: que espere. Sé que madre quisiera que le llamara a contarle de mi viaje, pero su tiempo es suyo y sólo suyo, que aprenda a cargarlo sin mi ayuda. ¿Se molestará Ce si le vuelvo a cancelar? Tal vez no es nuestro momento para ser amigas.

Podría faltar al trabajo y no pasaría nada. Es importante saberlo, aunque al final cruce el umbral de la puerta de cualquier manera. Y quien busca mi felicidad con urgencia, que espere también y que aprenda: no hay nada triste en estar triste.

Lo más importante del mundo

Porque hay horas en las que uno es lo más importante del mundo. Como aquella vez en Madrid en la que hice el amor con un desconocido. Tenía demasiadas copas encima como para que el momento tuviera risa, electricidad o poesía, pero quería decirle que sí. Sí al cosmos. Sí soy una mujer libre que se acuesta con desconocidos en Madrid, un pez húmedo y veloz y pregúntame mi edad: veintitrés, recién cumplidos. Sí.

Por esos días estaba enamorada de unos ojos morenazos que estaban del otro lado del mar y que habían tenido el mal hábito de mirarme a bien. Recuerdo que al día siguiente me pasee en calzones por la habitación del muchacho de los cócteles. No era falta de pudor, era un recordatorio torpe: yo era lo más importante del mundo. En la postal de mujer libre con la que cargaba, una no se cubría el cuerpo avergonzada de su vientre o sus estrías. En la postal, el hombre seguía con la mirada a la mujer desde la cama y ella se ponía los aretes y hacía como que no pasaba nada. Él no me miró y me sentí traicionada: ni en completa desnudez yo era lo más importante del mundo.

Tiempo después lo recordé cuando Z. —una letra que es todas las letras—, acostado en mi cama, me pidió que lo abrazara. Yo venía de un viaje largo y traía enseñanzas, paisajes, cánticos, además de un cuerpo chiquitito todavía lastimado de su última guerra. Yo era lo más importante del mundo —pelo suelto y ondulado— y sin embargo Z. quería ser abrazado y escuchado (no abrazar ni escuchar). Tardé en darme cuenta que él estaba siendo lo más importante del mundo para sí mismo y me resentía por no querer atestiguarlo; por no estar a la altura de su vanidad de niño y su arqueada de gato.

Ese día nos sentimos muy solos y recordamos la peccata minuta de ser humanos: somos pesados. Excepto quizá cuando nadamos en el mar y nadie nos está viendo.

Coincide que es ahí también donde podemos ser engullidos por el infinito.

Mudanzas

De pronto sentí cierto pudor por tener tan olvidado este espacio y mi primera reacción fue de querer pedir perdón a todos los paseantes que se dan vueltas por aquí, pero la verdad es que no ha pasado nada que requiera propiamente del perdón o del arrepentimiento.
En realidad, lo único que ha pasado es que después de muchos años de escribir sólo para mí, se me ha abierto la oportunidad de escribir en otros espacios, llegar a otros públicos y de paso, unir mi vida profesional (aquella que me ayuda a pagar la renta) con mi pasión más íntima de escribir.
Por lo mismo, y a falta de tiempo, considero improbable retomar pronto este espacio, pero los martes escribo una columna semanal para Juristas Unam que pueden encontrar aquí: http://juristasunam.com/category/columnas/reparar-el-mundo/, en librerías pueden encontrar mi autobiografía Fragmentos de Cristal o un libro también de mi autoría sobre proyectos sociales llamado 10 soluciones para el futuro hoy.
Ahora mismo estoy trabajando en un proyecto que me entusiasma mucho y que ojalá llegue a su fin (si mi neurosis y mi vida ocupada no me lo impiden) y bueno, aquí seguimos de otras maneras.
Gracias a todos ustedes por ser lectores y compañeros de viaje. Cualquier cosa siéntanse en confianza de escribirme a nereisima[at]gmail.com