La afectividad del adolescente

Mis alumnos adolescentes son todo un lugar común. A menudo exploran en sus textos temas como el suicidio, los amores imposibles o el triunfo vindicatorio e inesperado del derrotado, del incomprendido. No adivinan todavía que la verdadera tragedia con la que tendrán que enfrentarse es con la que nos enfrentamos todos: la insignificancia. Aquello que ahora nos parece tan único y tan importante es ordinario, trivial, y al mundo le vale madres.
O quizá ya lo intuyen. Quizá por eso necesitan escribir sobre el suicidio y otros superlativos, para hacer visible lo invisible. Como si en sus condiciones actuales en las que aparentemente no pasa nada (aunque se divorcien sus padres, los cambien de escuela o los deje la novia), no tuvieran derecho a sentirse como se sienten. Entonces crean escenarios dignos de dolor, historias en las que es válido exigirle al mundo que se detenga por un momento, que no sea ciego.
Empatizo con ellos. Mientras mis alumnos más chicos trabajan sus temas sin reparo y no tienen dificultad alguna para apropiarse de lo que consideran importante, los adolescentes van desarrollando con torpeza el lenguaje cruel del adulto: ocultación y cinismo.
Los miro estrellándose una y otra vez contra sí mismos, aprendices de la duplicación, y siento un vuelco en el corazón: llegará un momento en el que puedan ya separar el adentro del afuera, lo comunicable de lo vergonzoso, lo insólito de lo insulso, lo original de lo cliché, y cuando eso pase algo se habrá perdido para siempre.
Coincidentemente reflexiono sobre esto hoy después de escribir en mi diario una carta imaginaria sobre el vacío en el pecho y las ganas de llorar. Mientras la iba escribiendo me iba sintiendo más y más ridícula. «Ganas de llorar», «vacío en el pecho», ¿qué demonios es eso y en qué mundo cabe? No en éste en el que soy la profesora y hablo como si supiera. No en éste en el que nos contamos día a día la mentira de la estabilidad.
Entonces leo lo que escriben y se me encoge el estómago. Quisiera poder abrazarlos y decirles: «Yo sí les creo, sé que lo que les pasa es real ¿y saben? a mí también me duele».

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5 pensamientos en “La afectividad del adolescente

    • Puede ser, claro, pero sí creo que hay formas de expresar la afectividad que no están bien vistas en la adultez y por eso, conforme se crece, se buscan formas más veladas, más “funcionales”.

  1. Este post me hizo recordar lo que me dijiste anoche, de la intensidad con la que se toman las cosas a mi edad… y sí, es que se siente harto padre cuando alguien te dice que sí, que todo es real, pero que igual pasará y será lo mejor. :)

  2. y justo ayer una amiga me dijo “baquetona, tienes 22, esta es tu realidad” y la miré como indignada “quién se cree para decirme que soy adulta”

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