En la espera se sueña,
se alargan amores, se
manosean recuerdos.
-Irene Sánchez Carrón.
I.
¿Por qué alguien renunciaría al poder? —me preguntó Ana hace unos días—. Porque el poder da esperanza —le respondí—. O si no, ¿cómo explicas que las guerras de poder sean tan intensas, tan cruentas? Lo que las motiva es la periódica pérdida de ese poder y la esperanza de recuperarlo. Quien se mata a sí mismo, quien renuncia, se sale del juego. Eso lo sabían muy bien los estoicos, para quienes la felicidad estaba en la posibilidad de desesperanzarse. La ventaja de renunciar al poder es que renuncias a intentar ganar, y haciendo eso, todas tus victorias se vuelven libres de intereses.
Entonces, ¿lo harás? —me dijo con los ojos bien abiertos—. No lo sé, la verdad no lo sé. Me da miedo quedarme a la deriva. Le temo al dolor y le temo a la cobardía. Pero hay una cosa que me queda clara: a diferencia de lo que sostiene Marías en Corazón tan blanco, yo no creo que nadie tenga que obligar a nadie. Es el otro problema del poder: te hace creer que tu esfuerzo basta, que puede mover al mundo. No. El mundo debería de poder moverse por sí solo, las voluntades deberían de poder entrelazarse sin necesidad de coerción alguna. Yo no soy quien para obligar a nadie. Y menos, para esperar respuestas. Atar es ser atado, cualquier hegeliano sabe eso.
II.
¿Qué te angustia exactamente? —me preguntó Nivo en una de nuestras charlas nocturnas—. El futuro abstracto —le contesté—. Entonces corta con el futuro abstracto de tajo, porque de tan abstracto se convierte en recuerdo instantáneo, en temporalidad simulada mediante secuencias tautológicas —me dijo—. El futuro abstracto es sólo el receptor de un montón de recuerdos simulados, o sea, de deseos proyectados. Con el futuro abstracto finges estar recordando, finges poseer una vivencia que no posees, que no existe. Lo que te angustia es la temporalidad de los recuerdos, el orden de éstos. Te inquieta, en otras palabras, algo que no pasa.
Honestamente no sé si suscribo del todo tu concepción no lineal del tiempo —le repliqué—. Ya lo hemos hablado. Pero algo sí te concedo: este desasosiego no es más que un deseo sin objeto, proyectado inútilmente sobre el espejismo de lo que pudiera ser. Este desasosiego es pura esperanza y en esa medida, me parece un crimen. Amo lo suficiente para que no haga falta (el amor es alegría, decía Spinoza), amo lo suficiente para que tanto el instante como el otro basten, y si no bastan quiere decir que algo se ha corrompido aquí, que se ha llenado de lo que no le pertenece: impotencia, espera, incertidumbre. Cuando digo que me angustia el futuro abstracto lo que estoy diciendo en el fondo es que me parece reprochable tener un deseo cuya realización no está en mis manos. Porque entonces traiciono la bastedad de sus ojos, la luminosidad de la tarde, mi propia risa y todo aquello cuyo valor está en sí mismo, en su sola existencia, como un maravilloso y fortuito «porque sí».
¿Te veré esta semana? —le pregunté. De inmediato me molesté conmigo misma por hacerlo: ahí estaba yo, tirando los dados una vez más como si fuera una cuestión de suerte y no de voluntad—. Estaría bien, ¿no? —fue su respuesta—. Pues sí, estaría, pero no me hables en pospretérito —le dije. Se río por mi formulación. Sentí su risa en la panza como me ocurre siempre (la risa que es instante, como un maravilloso y fortuito «porque sí»), pero tenía un argumento: El pospretérito es el tiempo verbal de la esperanza y la esperanza, como diría Comte-Sponville, se opone a la felicidad. El pospretérito es el deseo sin acto, la fantasía sin compromisos. Dame un «es» (cualquier «es», querido mío, cualquier «es»), pero no me llenes de más «serías». Llenarme de «serías» es maquiavélico de tu parte. Yo no puedo sostener el «es» por los dos— ¿Puedes el viernes en la noche? —dijo de pronto. Y la idea del viernes se dignificó por un instante, pues albergaba algo real, y lo real, por definición, no falta nunca. Así fue.
IV.
Esta semana estuve leyendo a Comte-Sponville (ese francés que tanto cito por acá). Comte-Sponville es un spinozista temerario que en pleno siglo XXI sigue manteniendo la jerga de la filosofía clásica y usa palabras como «amor» o «felicidad», un acto subversivo considerando que estamos en una época de nihilismo. Entre sus premisas principales se encuentra esta que ya he mencionado en el párrafo anterior: la esperanza es lo opuesto a la felicidad, porque es la felicidad proyectada en lo inexistente. El deseo como carencia, es esperanza. Esperar es desear sin gozar, pues se desea lo que no está y por tanto lo que no se puede disfrutar. Esperar es desear sin saber, pues se desea lo que no sabemos si ocurrirá. Y por último, esperar es desear sin poder, pues si no sería voluntad y podría ser satisfecha.
Por eso, es imperativo apelar a la desesperación; ese trabajo dificultoso del duelo (siempre duele renunciar a la esperanza), ese desprendimiento estoico, ese abrazo consciente a la vida como la conocemos en la que de hecho se puede gozar, saber y poder lo que se desea. Sólo basta aceptar lo que hay. Logrando esto, todo lo demás se convierte en potencia, en empuje, y el deseo deja de ser hambre para volverse apetito y desbordarse en abundancia. “La felicidad de desear, que es amor, vale más que el deseo de la felicidad, que sólo es esperanza.”
Te quiero, sin esperanza. Cuídateme mucho, ¿sí?
